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Gran Caravana y Marcha por Jesús de Invasión Del Amor De Dios
Miles de familias recorrieron las calles de Resistencia en el marco de una movilización internacional que se realizó en simultáneo en más de 6.000 congregaciones de 54 países.
Este sábado, miles de cristianos salieron a recorrer las calles de Resistencia para realizar la presentación pública del proyecto Invasión del Amor de Dios. La jornada se llevó a cabo en simultáneo en más de 6.000 congregaciones de 54 países, marcando el inicio de este plan evangelístico que nació en el Chaco hace 18 años como un instrumento para suplir necesidades y ayudar a cumplir los sueños de las personas mediante la fe y el poder de la oración.
Se vivió una colorida manifestación de fe, esperanza y alegría que congregó a familias enteras. Con gran júbilo, los participantes se movilizaron en motos, autos, camiones y colectivos ornamentados con banderas, gorras, vinchas, globos y remeras de Invasión. La caravana partió desde cinco puntos del Gran Resistencia y realizó su primera parada en la Plaza España. En dicho espacio, los asistentes dejaron sus vehículos para continuar a pie en una peregrinación denominada "Marcha peatonal por Jesús", la cual recorrió la zona céntrica y cerró nuevamente en la Plaza España. Durante el acto público, muchas personas aceptaron a Dios y se oró por los presentes, quienes recibieron sus milagros como primicia de esta actividad.
Desde la organización se agradeció especialmente Municipio de Resistencia, a los Inspectores de Tránsito del como así también a la Policía del Chaco por la colaboración en el operativo vial.
El promotor de esta iniciativa, el pastor Jorge Ledesma, expresó: "En esta atmósfera de fiesta, hoy hemos presentado públicamente el proyecto Invasión del Amor de Dios. Durante varias semanas vamos a estar recibiendo las peticiones de la gente y vamos a estar recibiendo los testimonios de cómo la gente recibe los milagros que pide. La iglesia lo que sabe hacer es orar, y entonces tomamos las peticiones y vamos a orar para que reciban. ¿Qué tiene que hacer la gente? Solo denos las peticiones. La idea es que la iglesia tiene un mensaje muy grande. Los hijos de Dios tenemos el mensaje de esperanza, de transformación, de vida abundante. Y el Señor no nos permite estar encerrados en un rincón. Hay que mostrar públicamente que es el Cielo el que está hablando. Tenemos un mensaje de Dios".
Por su parte, la pastora Alicia Ledesma agregó: "Invasión es la invasión del amor de Dios, de la fe en Dios. Queremos los cristianos acercarnos a la gente, al pueblo, para orar por ellos y que ellos puedan recibir bendición. A veces es como que o no se sabe orar, o no se puede orar, o les cuesta orar, o le cuesta acercarse a Dios. Lo que queremos es, sin pedirles nada, sin inclusive ni exigirles que vayan a una iglesia, simplemente queremos invadir el amor de Dios en los hogares, en las casas, en las personas, porque Dios los quiere bendecir".
Durante tres semanas se recorrerán diferentes barrios, la zona céntrica y diversos eventos evangelísticos recolectando peticiones de oración de los vecinos. Este proceso culminará en una intensa vigilia de 24 horas ininterrumpidas de oración los días 4 y 5 de septiembre, donde miles de miembros de la iglesia local y a nivel mundial clamarán por cada petición recibida. De acuerdo con lo vivido en años anteriores, se prevé que esta jornada sea el detonante de respuestas y milagros, sanando enfermos y restaurando hogares.
¿CÓMO DEJAR TU PETICIÓN DE ORACIÓN? Aquellas personas que deseen enviar sus necesidades o pedidos de oración pueden hacerlo a través de los canales digitales oficiales: Sitio web oficial: www.invasiondelamordedios.com o www.iglesiaportaldelcielo.com
Redes sociales / Formulario QR: A través de las cuentas oficiales de Invasión del Amor de Dios o de Iglesia Portal del Cielo en Facebook e Instagram, donde se encuentra disponible un código QR para completar el formulario digital de peticiones.
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Ella viajaba por Croacia, él se coló en un micro para conocerla y el amor terminó llevándolos a vivir en Mar del Plata
Hay historias de amor que empiezan con una cena, una presentación de amigos o un encuentro casual. La de Ana y Denis comenzó mucho más lejos de casa, en Croacia, y con una escena que parece salida de una película: ella viajaba en un micro y, de repente, él apareció entre los pasajeros para saludarla.
Ana es marplatense, tiene 57 años y desde hace décadas mantiene una relación muy cercana con los viajes. Denis tiene la misma edad, nació en Croacia y vivía en la localidad de Labin, en la región de Istria. Cuando se conocieron, estaban separados por buena parte del país y todavía no imaginaban que aquel encuentro que parecía tener un océano de por medio iba a terminar con un cambio de vida radical.
“Yo viajo desde hace muchos años. En 1999 fue mi primer viaje al exterior, cuando fui a estudiar a Inglaterra, y a partir de ahí empecé a recorrer todo el continente europeo. Me encantó esa vida: conocer otra cultura, otra gente, otra forma de ver las cosas, y me pasó que cuando empecé a viajar no quería parar, así que casi 30 años después lo sigo haciendo”, recordó Ana en diálogo con TN.
Ella tiene 57 años y una vida profesional tan diversa como los lugares que recorrió. Fue profesora de inglés, fotógrafa profesional, especialmente vinculada al deporte, y luego se volcó al mundo de la tecnología. Actualmente tiene una consultoría de inteligencia artificial y no sabe todavía cuál será su próximo proyecto, pero tiene algo claro: disfruta tanto del universo artístico como del tecnológico.
En 2018 llegó por primera vez a Croacia. El país la cautivó tanto que decidió regresar al año siguiente. Durante ese tiempo recorría distintas zonas y, mientras estaba en Dalmacia, conoció a Denis, también de 57 años, a través de las redes sociales.
Él vivía en Labin, en la región de Istria, mientras ella se encontraba en el extremo opuesto del país. Así, con el correr de los días, pero con la diferencia de kilómetros, siguió la conversación.
La distancia, sin embargo, no impidió que siguieran acercándose. En uno de sus viajes, Ana tenía previsto ir hasta Pula, una ciudad cercana a Labin. El recorrido parecía ser la oportunidad perfecta para verse por primera vez.
Ella tomó un micro desde Dalmacia hacia Pula. Pero el encuentro terminó ocurriendo antes de lo previsto y de una manera completamente inesperada. “En el camino el colectivo hizo una parada en su pueblo. Cuando paró, Denis subió a saludarme. Le pidieron el boleto y dijo ‘no tengo, vengo a saludar a alguien’. Ese día nos dimos la mano y no nos separamos más”, destaca entre risas la mujer.
Aquel gesto fue el comienzo de algo que ninguno de los dos había planeado. Después de ese primer encuentro continuaron viéndose y compartiendo tiempo. La relación, que había comenzado a través de una pantalla, empezó a transformarse en algo más.
Una despedida que no fue el final
Con el tiempo la relación se consolidó y Ana se mudó a la casa de Denis. Pasaron allí unos meses, pero a fines de 2019 ella decidió regresar a la Argentina. La decisión implicaba volver a separarse después de haber construido una vida juntos. Ana tenía claro que no iba a quedarse definitivamente en Croacia y el futuro de la relación parecía quedar nuevamente atravesado por la distancia.
Fue entonces cuando Denis hizo una propuesta: “Era triste para los dos, pero a veces la vida te va llevando por distintos caminos y él en ese momento me dijo ‘si no te quedás voy yo, si te parece’. Al final en esta historia terminamos aterrizando los dos juntos en Argentina en 2023″.
Así fue como Argentina, un país que hasta entonces ni siquiera estaba en el radar de Denis, terminó convirtiéndose en el lugar donde ambos construirían su vida. “Él la veía lejana y exótica, no pensaba venir ni de vacaciones, pero la vida tiene eso lindo que nos sorprende”, explica la mujer.
Ana tampoco había viajado a Croacia pensando en quedarse y mucho menos en encontrar allí una pareja. “Mi plan era seguir viajando, no terminar en una casa y formando una pareja. Cuando era joven me casé, enviudé a los 25 años y esa etapa de mi vida estaba terminada. Y 25 años después lo que menos esperaba era formar una idea de pareja, la vida nos sorprendió a los dos porque nunca se sabe lo que viene, dónde va a seguir su vida, hoy estamos contentos”, sostuvo. Con idas y vueltas, en 2023, finalmente, aterrizaron juntos en la Argentina.
El desafío de empezar de nuevo
La llegada significó para Denis mucho más que mudarse de un país a otro. También implicó aprender un idioma, incorporar nuevas costumbres y descubrir una sociedad muy diferente a la que conocía.
Desde el comienzo, la pareja se comunica en inglés. Ana intentó aprender croata, pero nunca consiguió alcanzar el nivel necesario para mantener una conversación. Denis, en cambio, fue incorporando el español de a poco. Casi tres años después de su llegada, entiende bastante cuando le hablan, aunque todavía le cuesta más expresarse que comprender.
Las diferencias culturales también aparecieron en cuestiones mucho más pequeñas de la vida cotidiana: Ana había pasado bastante tiempo en Croacia y conocía de cerca la tranquilidad con la que se vive allí. Cuenta que en el pueblo de Denis las casas pueden permanecer con las puertas abiertas y que la seguridad es una cuestión muy diferente a la que él encontró en la Argentina.
En Mar del Plata, en cambio, Denis tuvo que aprender que algunas costumbres que para los argentinos son habituales no necesariamente lo son para alguien que viene de Croacia: situaciones relacionadas con el tránsito, como la prioridad en las rotondas, además de cuestiones vinculadas con la seguridad y la necesidad de prestar atención a las pertenencias cuando se está en la calle son cosas que todavía no las tiene habituadas.
La diferencia es particularmente grande porque Denis viene de un país donde se sentía mucho más seguro. “En su pueblo, en Croacia, es un país muy seguro, puede llegar a haber una discusión en la calle, pero nadie te va a matar por un celular.”
Mar del Plata, la nueva casa
A pesar de los contrastes, Denis encontró rápidamente motivos para sentirse cómodo en la Argentina. Y entre ellos apareció, en primer lugar, Mar del Plata.
Ana, que nació y vivió buena parte de su vida en la ciudad, la considera una de las más lindas que conoció. Pero si hay algo que Denis destaca especialmente es la manera en la que se relacionan las personas. “Argentina es muy cálido, las personas son diferentes, la comida, te ayudan. Si estás caminando por la calle la gente te ayuda. Son muy abiertos”, aseguró a TN.
Para Ana, esa espontaneidad es una de las principales diferencias entre las dos culturas. “Le gustó todo eso, sacando el frío, lo que él siempre destaca, además del dulce de leche y el pastel de papa, es a los argentinos como extremadamente amables, amistosos, enseguida te dan un abrazo. Te conocen y te invitan a un asado a una casa, muy abiertos, muy espontáneos.”
La comida también fue una forma de acercarse a su nuevo país. El helado argentino se convirtió en uno de sus favoritos, al igual que la milanesa y el asado. “Él está contento, dice que el helado argentino es el mejor del mundo, la comida lo puede, para él todo es rico, todo le encanta. Le recuerda mucho a su Croacia a cuando era chico y la abuela cocinaba con alimentos más naturales.”
Todavía hay, sin embargo, una costumbre que no consiguió convencerlo. “Lo que todavía no aprobó es el mate”, aclaró entre risas Ana.
Fuente: TN
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De “El Eternauta” a “Envidiosa”: la mujer que guarda millones de objetos y los convierte en protagonistas de series y películas
Hay objetos que sobreviven a sus dueños. Una lámpara que alguna vez iluminó un comedor, una mesa alrededor de la cual se reunió una familia, un teléfono que dejó de sonar hace décadas. Terminan en cajas, depósitos, mudanzas o mercados hasta que alguien vuelve a encontrarlos. En el puesto 156 del Mercado de las Pulgas, muchos tienen otra oportunidad: convertirse en elementos clave de una ficción.
Detrás de ese universo está Inés Carballo. Tiene 52 años, hace más de 30 que compra y vende objetos usados y antiguos y asegura que es difícil pedirle algo que no pueda encontrar entre las miles de piezas que la rodean.
“Vos me decís: ‘¿Tenés una réplica de un inodoro en miniatura?’. Lo tengo. ‘¿Una banqueta en miniatura?’. Lo tengo. ‘¿Un cuchillito de manteca?’. Lo tengo”, enumera con gracia a TN. Después, la mujer completa la descripción de su negocio con una definición sobre ella misma: “Lo único que no tengo es vagancia”.
La frase explica, quizás, mejor que cualquier inventario cómo llegó hasta allí. Su local forma parte de un mercado que, en su conjunto, reúne alrededor de 3,7 millones de objetos, desde piezas diminutas hasta antiguos timones de barcos. Pero en el caso de Inés, las antigüedades tienen además una segunda vida inesperada: desde hace años, productoras audiovisuales recurren a ella para ambientar películas, series y programas de televisión.
Sus objetos estuvieron en Envidiosa y El Eternauta, dos de las producciones argentinas de Netflix que alcanzaron repercusión internacional. También fueron utilizados en ciclos de El Gourmet, incluidos programas con Donato de Santis y Narda Lepes. Y algunos ya fueron elegidos para proyectos que todavía no llegaron a la pantalla, entre ellos una producción protagonizada por el Chino Darín.
El mecanismo parece sencillo, aunque detrás hay décadas de oficio. Una productora llega con una necesidad determinada y comienza la búsqueda. A veces hace falta un mueble que permita reconstruir una época; otras, un detalle mínimo que probablemente pase inadvertido para el espectador. Inés aprendió que, en una filmación, nada está puesto porque sí. Y ella tiene mucho para ofrecer.
“Tengo lo que se te ocurra”, explica la comerciante. Su colección se construyó sin catálogo ni algoritmo, objeto por objeto, durante más de tres décadas de levantarse temprano y abrir el puesto.
Mucho antes de saber qué era una antigüedad, Inés Carballo ya estaba acostumbrada a vivir entre cosas. Creció en el campo, en Entre Ríos, en una familia de seis hermanos —cinco mujeres y un varón— y en una casa donde funcionaban un almacén y un bar de ramos generales. Sus recuerdos de aquellos años tienen una imagen que, vista desde el presente, parece anticipar su vida: paredes cubiertas de objetos hasta el techo.
“Siempre mis recuerdos son de paredes hasta el techo de cosas, más o menos lo que ves acá. Eso es como que lo arrastré de mi infancia”, cuenta mientras mira el puesto del Mercado de las Pulgas que hoy desborda de muebles, lámparas, juguetes, libros, vajilla y objetos difíciles de clasificar.
También aprendió temprano que las cosas podían convertirse en dinero. De chica era coqueta y quería tener los zapatos que le gustaban. Su madre aceptaba, pero con una condición: debía ganárselos. En el campo encontraron la manera. Junto con sus hermanas juntaban huesos de animales, vidrio, lana y hasta plumas, que después vendían. “El zapato que ustedes quieran, pero se lo tienen que ganar”, recuerda que les decía su mamá.
Sin saberlo, estaba ensayando una lógica que décadas después seguiría aplicando detrás de un mostrador: encontrar algo, reconocer que podía tener valor y buscar quién quisiera comprarlo.
Su llegada a Buenos Aires, sin embargo, estuvo lejos de responder a un proyecto comercial. Tenía apenas 15 años y un novio que su padre no aprobaba. Un amigo de ellos había sufrido una descarga de alta tensión y debía ser trasladado al Hospital de Quemados. La pareja viajó acompañándolo y, una vez en la ciudad, Inés tomó una decisión inesperada: quería quedarse.
“Dije: ‘Guau, me gusta, no quiero volver’”, recuerda. La decisión abrió una profunda pelea familiar. Su padre tuvo que hacerse cargo de los trámites necesarios por ser ella menor de edad y estuvieron entre cinco y seis años sin hablarse. Su hijo mayor, cuenta Inés, recién conoció a su abuelo cuando tenía alrededor de cinco años.
Buenos Aires la deslumbraba. El microcentro, los patrulleros, el movimiento de la calle: todo tenía para ella una dimensión desconocida. Venía de un lugar donde, según recuerda, uno de los acontecimientos capaces de alterar la tranquilidad cotidiana podía ser el robo de una gallina. La ciudad era otro mundo.
El Mercado como escuela
El Mercado de las Pulgas apareció poco después de su llegada a Buenos Aires, cuando Inés buscaba una manera de ganarse la vida. El predio de Dorrego y Álvarez Thomas era entonces un espacio a medio hacer, con vendedores ambulantes, ropa, artículos de limpieza y algunos puestos repletos de antigüedades.
Ella consiguió un pequeño lugar y empezó a levantarlo casi con sus propias manos: compró cemento y arena con el primer sueldo de su novio y con lo que había ganado vendiendo un pantalón y una botella. No sabía construir una pared y acomodó los ladrillos uno sobre otro, sin trabarlos. Pero ahí empezó todo.
Tampoco tenía mercadería. Vivía en Caseros, en una casa que un conocido le había prestado a cambio de pagar los impuestos, y un día ese hombre le permitió revisar un galpón lleno de cosas destinadas a ser descartadas. Inés rescató tapados, zapatos y objetos viejos. Entre ellos había unas monedas de plata que para ella eran apenas eso: monedas antiguas. Un comerciante dedicado a la numismática le hizo entender que podían tener otro valor.
Poco después, un cuadro extraño le produjo un descubrimiento todavía más personal: recordó que sobre el ropero de la casa de su infancia había retratos similares de su bisabuelo. “Fue como el primer shock: yo ya convivía con una antigüedad y no lo sabía”, dice la mujer.
El resto fue aprendizaje. Primero vendió lo que encontraba; después aprendió a reconocer materiales, épocas y técnicas. Un día vio que el Teatro Regio había tirado escritorios y sillones de roble en un volquete y salió corriendo con una carretilla para rescatarlos. Los lijó, los lustró y terminó llenando de muebles aquel puesto que al principio apenas tenía pequeñas cosas. “Acá nací, digamos, de nuevo. Es un renacer”, dice. Con el tiempo también conoció a Osvaldo, carpintero y restaurador, con quien compartió 20 años y tuvo a Matías.
Esa historia explica por qué, para Inés, los objetos nunca son solamente mercadería. Algunos pertenecieron a sus hijos, otros quedaron ligados a Osvaldo y hay piezas de las que sólo se desprendería si siente que llegarán a buenas manos. “Cada cosa tiene su dueño”, asegura. Porque detrás de una lámpara, un juguete o una vajilla hubo una familia, una casa y una vida. Más de treinta años después, Inés sigue rodeada de cosas hasta el techo, como en aquella casa de Entre Ríos. La diferencia es que ahora sabe leer las historias que guardan.
El lugar que acompañó buena parte de la vida de Inés también está atravesando una nueva transformación. Junto al Mercado de las Pulgas, sobre un antiguo playón de estacionamiento en desuso, la Ciudad construye una plaza de 2101 metros cuadrados que tendrá 50 árboles, iluminación LED, pérgolas, veredas más amplias y senderos accesibles. La intervención busca además vincular el predio con las plazas Mafalda y Clemente y generar un nuevo corredor verde en la zona.
Los trabajos incluyen la modificación de la calle Enrique Martínez, el ensanchamiento de veredas y la instalación de grandes pérgolas. Según el cronograma oficial, la obra estará terminada en octubre.
Inés observa los cambios desde un lugar que también vio transformarse muchas veces. “Al proyecto de la plaza yo lo veo como una evolución”, dice. Y piensa, sobre todo, en las familias que podrán quedarse más tiempo en la zona: “Vamos a tener otro público porque al tener más lugar y más comodidad para los chicos, la gente va a venir, los chicos van a poder estar en la plaza y nosotros acá atendiendo a la gente, así que va a estar bueno”.
Fuente: TN
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La increíble historia de la pareja que lleva ocho años en la ruta: salieron desde Neuquén y llegaron a EE.UU. en un auto de los 90
Hay una foto que resume la historia de Mauricio y Micaela: su Renault Mégane en Times Square. El auto, que alguna vez compraron para que Mauricio pudiera ir a trabajar, aparece entre las luces de Nueva York después de haber recorrido buena parte de América. “Hace poquito cumplimos ocho años en ruta”, cuenta Mauricio desde Maine, en el noreste de Estados Unidos.
El viaje comenzó el 4 de agosto de 2018 en Andacollo, Neuquén. Desde entonces pasaron por 19 países y recorrieron todas las provincias argentinas. Llegaron a Alaska el 5 de junio y, poco después, hicieron 7000 kilómetros en pocos días para llegar a Nueva York y estar allí para la final del Mundial. Ahora ya piensan en la vuelta.
“El sueño ahora es llegar con nuestro auto hasta Argentina. No sabemos cuándo ni cómo, pero queremos volver manejando”, dice Mauricio a TN.
De una idea de Micaela al viaje de sus vidas
Se conocieron en La Plata, cuando Mauricio llegó desde Andacollo para estudiar. Coincidieron en una iglesia, dentro de un grupo de jóvenes, y primero fueron amigos. “Después, bueno, ya pasó a mayores”, recuerda Micaela. Se casaron en 2014 y durante varios años trabajaron y estudiaron. Ella estudiaba Tecnología en Alimentos y hacía panificados y artesanías; él estudiaba el profesorado de Química y trabajaba en un laboratorio.
Viajar les gustaba, aunque sus experiencias eran muy diferentes a la vida que tienen hoy. “No teníamos ni pasaporte. Nunca habíamos tomado un avión internacional”, cuenta Micaela. Fue ella quien primero imaginó algo más grande: dejar de viajar durante las vacaciones y empezar a vivir viajando.
Mauricio admite que al principio no estaba convencido. “Yo lo veía para un viaje de tipo de jubilados”, reconoce. Pero la idea quedó dando vueltas hasta que él mismo terminó poniendo una fecha: “Un día le dije: ‘Sí, hay que hacerlo’. Pero hay que hacerlo y hay que ponerle una fecha”.
Se mudaron a Andacollo para ordenar sus cuentas y preparar la salida. Allí apareció el Mégane, que pertenecía al padre de Mauricio. Lo compraron con la idea de venderlo antes de viajar porque originalmente pensaban recorrer América como mochileros. Pero no pudieron venderlo y, tres meses antes de partir, cambiaron los planes. “Dijimos: ‘No, ya lo sacamos de la venta’”, cuenta Mauricio. Y el auto terminó siendo su casa.
El auto que se convirtió en una “carpa rodante”
Al principio ni siquiera sabían demasiado sobre mecánica. Mauricio agarró el manual del auto y descubrió que los asientos traseros podían reclinarse. Lo midieron, se acostaron y comprobaron que entraban cómodamente.
“Dije: ‘Che, acá entramos acostados, vamos a probar’”, recuerda. El espacio era de aproximadamente 1,80 por 1,20 metros. “¿Por qué no hacerlo como en una carpa rodante?”, se preguntaron.
Durante los primeros meses viajaron con un colchón y una pequeña cocina. Después levantaron la cama, sacaron los asientos traseros y aprovecharon el espacio para guardar comida, herramientas y ropa. También incorporaron un depósito de agua, una carpa para ducharse, una cocina, mesas y sillas plegables.
“Muchas veces uno piensa que llevar cosas por las dudas y la verdad es que no necesitás tanto para viajar”, explica Micaela.
Ocho años juntos y una vida compartida dentro del auto
El desafío no es solamente viajar en un auto pequeño. También es convivir durante ocho años, las 24 horas del día, tomar todas las decisiones juntos y trabajar de lo mismo.
“Es 24-7 y hace ocho años incluso trabajamos juntos de lo mismo”, dice Micaela. Las discusiones existen, especialmente porque deben decidir constantemente dónde dormir, hacia dónde ir o cuánto tiempo quedarse en un lugar. A veces, incluso, dejan la decisión librada al azar: “Hasta incluso hemos llegado a tirar una moneda para que la suerte diga para dónde vamos”.
Y hay una manera muy argentina de empezar a descomprimir: “A partir de que uno prepara el mate, ya es como que se empieza a aflojar la cosa”. Durante los primeros dos años se sostuvieron principalmente con las artesanías. Después, durante la pandemia, uno de sus videos de YouTube se viralizó y la plataforma les permitió empezar a monetizar el canal. Pasaron de publicar cada dos meses a hacerlo semanalmente y aprendieron sobre la marcha.
“Fuimos aprendiendo a prueba y error, a cómo hacer los videos, cómo editarlos mejor, cómo hablar a la cámara”, explica Mauricio. Hoy tienen casi 145 mil suscriptores y, durante su recorrido por Estados Unidos y Canadá, pudieron vivir principalmente de las redes y acuerdos con marcas.
El Mégane, mientras tanto, acumuló más de 125.000 kilómetros y sufrió choques, reparaciones y problemas mecánicos. Uno de los momentos más costosos fue el cruce entre Colombia y Panamá, donde no existe una ruta terrestre: tuvieron que enviar el auto en un contenedor desde Cartagena hasta Colón. “Nos salió como 2.200 dólares solo el auto”, cuenta Mauricio.
Durante años muchos seguidores dudaron de que el vehículo pudiera completar el recorrido. Pero finalmente llegó a Alaska. “Cuando nosotros lo logramos, además de ser una emoción tremenda, ahora que nos digan algo del auto ya no nos lastima tanto porque sabemos que lo hemos logrado”, dice Micaela.
Ahora quieren volver a la Argentina manejando. No saben cuándo ni qué harán después. El auto ya está cansado y probablemente necesiten otro vehículo, pero todavía tienen un último objetivo con el Mégane.
“Sería glorioso para nosotros volver a pisar nuestra tierra con ‘Megancete’, como le decimos a nuestro auto”, dice Mauricio. Después, como durante estos ocho años, volverán a decidir sobre la marcha. “Nos quedan ganas de darle otra vuelta, de recordar otros lugares, de descubrir más historias”, resume Micaela.
Fuente: TN

