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Mostró cómo restaura las Barbies que todos darían por perdidas y se convirtió en un fenómeno viral
Detrás del usuario que hoy cautiva a miles de personas en las redes sociales reparando muñecas, hay una historia que cruza la nostalgia, los lazos familiares y un profundo respeto por los afectos ajenos. Diego Gregoraschuk trabaja desde hace años en el aeropuerto, un ámbito de horarios cruzados y ritmos vertiginosos que nada tiene que ver con el universo de hilos, pinturas y texturas al que le dedica sus horas libres en su atelier.
Su fascinación por estos objetos no es nueva; nació en su niñez y creció de manera orgánica gracias al entorno que lo rodeaba, en una época donde los roles de juego solían ser mucho más rígidos que en la actualidad. “Las muñecas siempre me gustaron, jugaba con las de mi hermana, pensaba en cómo dejarlas más lindas, así que a veces pienso que la restauración fue algo que toda la vida tuve y simplemente con el tiempo fui puliendo”, reconoce con ternura en diálogo con TN.
“Cuando veía publicidades de muñecas en revistas pensaba: ‘ay, ¿cómo serán? Qué lindas’. Pero cuando conocí a Barbie quedé fascinado. Siempre me llamó la atención el pelo largo, cuando era chiquito mi hermana tenía el pelo largo y le decía ‘¿te puedo jugar al peluquerito?’”, agregó.
A lo largo de su infancia, los regalos significativos reforzaron esa pasión: “Para Reyes una vez pedí una muñeca y me la regalaron. Mis papás nunca me prohibieron jugar. Cuando era chico había una muñeca que se llamaba Pequitas que me la regaló una amiga de la familia y estaba feliz. Me acuerdo que en el colegio las chicas jugaban y les pedía jugar con las Barbies”.
A la distancia, Diego (IG @grego.atelier) valora enormemente la libertad y la contención que recibió en su hogar, algo clave para que su vocación se desarrollara sin mochilas ni mandatos. “Lo bueno es que nunca jamás mis papás me dijeron ‘esto no se puede, no está bien, es de nena, jugá a la pelota’. Creo que eso hizo el proceso más natural, que lo pueda disfrutar normalmente. No es como hoy que un nene juega con la muñeca y nadie dice nada. Era otro momento y se los agradeceré infinitamente”.
Del aeropuerto al ensayo y error artesanal
Su labor diaria atendiendo pasajeros le dio una sensibilidad especial para tratar con personas, además de permitirle conectar con su pasión en otras partes del mundo. “Atiendo pasajeros en el aeropuerto, entré en el 98 trabajando en una tienda de artículos regionales, una amiga trabajaba en Aerolíneas Argentinas y caí ahí, cambié de compañía, estuve un año sin hacer nada y volví hace unos años. El aeropuerto es muy particular, hay días que me levanto 2:30, el movimiento de gente, la dinámica, son cosas que te da muchas herramientas de conocer personas, de ver actitudes y la posibilidad de viajar en su momento. Me permitió ir a Praga y en una exhibición de Barbie, ver cosas grosas de muñecas. Vivís al revés del mundo, pero hay cosas buenas”, sostiene.
Sin embargo, cuando las luces del aeropuerto se apagan, Diego se encierra en su propio mundo. El oficio de restaurar lo aprendió de manera autodidacta, impulsado por una mezcla de curiosidad, perfeccionismo y el recuerdo frustrado de un reparador barrial de su infancia que solo “peinó un poco” la muñeca maltratada de su hermana.
Su primer gran desafío técnico llegó en 2009, en Mar del Plata: “A mí me llamaba mucho la atención el tema de la refacción de muñecas, pero no había tutoriales, era a prueba y error, hay cosas que se me fueron ocurriendo hacerlas porque siempre tuve en mente el trabajo artesanal, el arreglar y armar. Una vez vi una muñeca de la Mujer Maravilla que quería y tenía el pelo como una paja de escoba. Yo había conseguido una muñeca de Jazmín de Aladín que tenía el pelo divino y ahí dije ‘¿cómo podré hacer para cambiarlo?’. Así fui sacando mechita por mechita, le fui agregando todo hasta que quedó bien. Después fui viendo si le faltaba pintura en la cara, la ropa, soy medio obsesivo con los detalles y la estética, la vara alta para todo, porque creo que va de la mano una cosa con la otra. Cuando me dicen ‘hacé algo así nomás’, no puedo, soy súper observador, ver el detalle y que esté bien me encanta”.
Como en todo proceso de aprendizaje, hubo tropezones. “Un día una compañera de trabajo me dio sus Barbies, me la trajo en una bolsa y me dijo ‘experimentá y me las dejás mejor, cuando termines me las das’. Ahí me interioricé un montón más. Previo a eso le quise hacer un peinado a una y le quemé todo el pelo sin saber. Lo que me pasaba primero era frustración y después pensé ‘esto lo tengo que poder solucionar’, que es algo que me dio mi trabajo también, que la solución la tenés que buscar rápido y bien”.
El desafío de restaurar tesoros cargados de historia
Para Diego, cada muñeca es un mundo desconocido y un reto estructural que requiere paciencia absoluta, lejos de los mensajes que a veces recibe en las redes sociales de manera jocosa. “Yo veo a la muñeca y digo ‘esto va a quedar de tal manera’, es como un ‘trabahobby’, como me gusta llamarlo. Me lleva muchísimo tiempo y convive con mi trabajo en el aeropuerto”.
Aunque hoy cobra por cada restauración, admite que le cuesta ponerle precio a una labor tan minuciosa y desgastante, donde los clientes no buscan un juguete nuevo, sino recuperar un pedazo de sus propias vidas: “Cuando me mandan una para hacer estoy continuamente en contacto para que las personas se queden tranquilas porque ellos depositaron su afecto en mí, sino no la repararían, la tirarían a la basura. Hoy lo cobro pero me cuesta poner un valor, no tengo un parámetro de cuánto cobrar, porque es algo que te lleva horas y horas, y que me gusta hacer en mi tiempo libre".
Aunque su preferencia inicial era el universo Barbie, la realidad de las familias argentinas golpeó a su puerta en forma de recuerdos de la infancia de padres y abuelos. “La mayoría de consultas son por muñecas antiguas, de los 70 u 80, que son las que tenían ojos, que el pelo se les arruinaba, que las escribían con birome. Esas son las que más trabajo te llevan, son grandes y cada cosa es un rato largo de trabajo, hay que desarmarla, limpiarla, lavarla. Si los ojos están bien hay que cuidarlos, que no les entre agua. Si hay que cambiar los ojos hay que removerlos, si tienen pelo es más difícil porque si das el calor que necesitás se puede quemar. Quizás tengo solo cinco horas libres y estoy todas con esto. En general llegan muy destruidas. Con una que tenía que cambiarle el pelo nada más estuve un día desde las 21 a las 5 y al otro día de las 13 a las 23, solo haciendo eso. Algunas, inclusive, me llevaron un mes o mes y medio”.
Detrás de cada plástico gastado, de cada articulación rota o pelo reseco por los años, hay historias familiares que quiebran la voz de cualquiera. Eso es lo que verdaderamente moviliza a Diego a seguir adelante. “Me escriben muchísimo y me dicen ‘me la regaló mi papá que ya no está, o era de mi abuela’. Una señora me escribió diciéndome que era de la hija que había fallecido. Valoro muchísimo que me confíen algo con tanta importancia afectiva. Uno de los bebotes que tengo subido a mis redes era un bebote que una chica amaba, se lo había regalado su papá y cuando lo vio arreglado se re emocionó. Está buenísima esa devolución. Yo creo en la energía de las cosas y si tirás esa energía al aire para darle la vuelta a algo y eso le genera algo a otro es re lindo", asegura.
Un éxito viral que no se esperaba
El salto a la masividad en las redes no estuvo en sus planes. Fueron sus propias compañeras quienes lo empujaron a mostrar lo que hacía entre cuatro paredes. “Me impulsaron un poco, yo no le veía la vuelta de hacer una cuenta de Instagram de muñecas, pero dos amigas del trabajo me insistían y yo decía ‘¿qué voy a subir?’, no tenía idea de nada. Me insistieron tanto que lo hice y al principio los veían solo la gente del trabajo y algunos conocidos. Los fui moldeando, pero no me imaginé que iba a tener tanta repercusión”, se confiesa.
El momento del quiebre definitivo ocurrió un fin de semana, casi por accidente: “Surgió con la muñeca Fiorela, subí el video en la madrugada de un sábado con 400 seguidores. A la tarde me fui a encontrar con un amigo que venía de visita y cuando volví a ver ya había llegado a los 500 seguidores. A la noche volví a mirar y tenía 900 y pico. Me resultó raro, miraba los perfiles y eran perfiles de gente común. No entendía qué podía pasar para que sumen seguidores, al otro día me levanté y tenía casi 2000 y estaba súper sorprendido. Para cuando subí la segunda parte de ese video todo empezó a crecer y empecé a interactuar”.
“Me parecía impensado que mi trabajo tuviera tanta visualización, fue una sorpresa pero agradezco enormemente”, sostiene el artesano que hoy ya cuenta con más de 65 mil seguidores.
El cable a tierra que no quiere que se vuelva una obligación
A pesar del aluvión de mensajes, pedidos y nuevos seguidores, Diego tiene muy en claro cuál es el lugar que este arte debe ocupar en su vida. No busca convertir su pasión en una fábrica a contrarreloj; el secreto está en respetar el ritual de cada pieza. “Tengo que poner todo de mí para que esa muñeca que llegó como llegó, se vaya en un estado aceptable”, insiste.
“La idea es seguir, intentar hacerlo, sacrificarme. Esto no tiene nada que ver con mi trabajo, si bien lo tomo como uno no quiero ponerle ese título para no agregarle el peso de que todo tiene que ser en un tiempo y de una forma estipulada, sobre todo para no quitar el disfrute de los procesos y tiempos de restauración que a veces me genera más de lo previsto y tampoco para no generarme presión”, señala Diego.
Por eso, reconoce: “Amo ir a ferias, a mercados de fines de semana y ver, buscar qué hay, es una aventura, ver qué conseguir y cómo lo puedo arreglar, es medio un entretenimiento y quiero respetar los tiempos y que siga teniendo eso de lo artesanal. El trabajo de restauración requiere muchísima dedicación, precisión y hacerlo con mucho amor”.
Mientras tanto, en su propia casa, conserva su espacio personal, rodeado de las figuras que admira y encontrando en la terquedad de su signo zodiacal la fuerza para no rendirse ante los cabellos enredados o los mecanismos trabados. Otro hobby que también tiene es el modelado de figuras que hace 100% a mano, desde cero, inclusive desde antes que existiera el 3D.
“Tengo mis muñecas, debo tener menos de 50 y me gusta tenerlas exhibidas, no tengo tanto espacio y las vengo alternando con una colección muy grande de Madonna. La mayoría las tengo en caja en el living porque me gusta verlas y estéticamente me parecen divinas. También tengo un par de la Mujer Maravilla que son mis joyitas, pero me mido mucho”, asegura.
Sobre el final, Diego habla sobre su rutina a la hora de desconectar del mundo y reconectar con la magia: “Esto es como una aventura, no sabés con qué te vas a encontrar, no sabés qué vas a hacer, pero le tenés que encontrar la vuelta, es un ensayo y un aprendizaje cada muñeca. Trato de que no suene el teléfono, tener la tele baja, música, pero sí trato de dejar el celular que es el principal foco de atracción y necesito focalizarme. He pasado horas desenredando pelo, haciendo un peinado, que parece pero no es sencillo. Soy re contra mil autocrítico pero doy lo mejor de mí y eso está bueno”.
“El mundo de las muñecas me parece mágico, fascinante. Mi favorita es Barbie, desde que salió en 1959 hasta las de los principios de los 2000, son las que mas me gustan por la estética, por la variedad, el detalle y por toda esa magia que tiene. Pero aunque sea Barbie, Rayito de sol o Yoly-Bell, siempre que veo una muñeca que está en un estado que cualquiera la tiraría a la basura, la proyecto como nueva y cómo quedaría después de los trabajos que pudiera realizar. Para mejorarla, para que quede nueva, brillante, darle otra oportunidad y que siga vigente muchos años más”, concluye con la mirada fija en su próximo desafío, sabiendo que en cada restauración no solo arregla plástico, sino que devuelve pedacitos de felicidad olvidados en el tiempo.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN