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Mostró cómo restaura las Barbies que todos darían por perdidas y se convirtió en un fenómeno viral

Detrás del usuario que hoy cautiva a miles de personas en las redes sociales reparando muñecas, hay una historia que cruza la nostalgia, los lazos familiares y un profundo respeto por los afectos ajenos. Diego Gregoraschuk trabaja desde hace años en el aeropuerto, un ámbito de horarios cruzados y ritmos vertiginosos que nada tiene que ver con el universo de hilos, pinturas y texturas al que le dedica sus horas libres en su atelier.

Su fascinación por estos objetos no es nueva; nació en su niñez y creció de manera orgánica gracias al entorno que lo rodeaba, en una época donde los roles de juego solían ser mucho más rígidos que en la actualidad. “Las muñecas siempre me gustaron, jugaba con las de mi hermana, pensaba en cómo dejarlas más lindas, así que a veces pienso que la restauración fue algo que toda la vida tuve y simplemente con el tiempo fui puliendo”, reconoce con ternura en diálogo con TN.

“Cuando veía publicidades de muñecas en revistas pensaba: ‘ay, ¿cómo serán? Qué lindas’. Pero cuando conocí a Barbie quedé fascinado. Siempre me llamó la atención el pelo largo, cuando era chiquito mi hermana tenía el pelo largo y le decía ‘¿te puedo jugar al peluquerito?’”, agregó.

A lo largo de su infancia, los regalos significativos reforzaron esa pasión: “Para Reyes una vez pedí una muñeca y me la regalaron. Mis papás nunca me prohibieron jugar. Cuando era chico había una muñeca que se llamaba Pequitas que me la regaló una amiga de la familia y estaba feliz. Me acuerdo que en el colegio las chicas jugaban y les pedía jugar con las Barbies”.

A la distancia, Diego (IG @grego.atelier) valora enormemente la libertad y la contención que recibió en su hogar, algo clave para que su vocación se desarrollara sin mochilas ni mandatos. “Lo bueno es que nunca jamás mis papás me dijeron ‘esto no se puede, no está bien, es de nena, jugá a la pelota’. Creo que eso hizo el proceso más natural, que lo pueda disfrutar normalmente. No es como hoy que un nene juega con la muñeca y nadie dice nada. Era otro momento y se los agradeceré infinitamente”.

Del aeropuerto al ensayo y error artesanal

Su labor diaria atendiendo pasajeros le dio una sensibilidad especial para tratar con personas, además de permitirle conectar con su pasión en otras partes del mundo. “Atiendo pasajeros en el aeropuerto, entré en el 98 trabajando en una tienda de artículos regionales, una amiga trabajaba en Aerolíneas Argentinas y caí ahí, cambié de compañía, estuve un año sin hacer nada y volví hace unos años. El aeropuerto es muy particular, hay días que me levanto 2:30, el movimiento de gente, la dinámica, son cosas que te da muchas herramientas de conocer personas, de ver actitudes y la posibilidad de viajar en su momento. Me permitió ir a Praga y en una exhibición de Barbie, ver cosas grosas de muñecas. Vivís al revés del mundo, pero hay cosas buenas”, sostiene.

Sin embargo, cuando las luces del aeropuerto se apagan, Diego se encierra en su propio mundo. El oficio de restaurar lo aprendió de manera autodidacta, impulsado por una mezcla de curiosidad, perfeccionismo y el recuerdo frustrado de un reparador barrial de su infancia que solo “peinó un poco” la muñeca maltratada de su hermana.

Su primer gran desafío técnico llegó en 2009, en Mar del Plata: “A mí me llamaba mucho la atención el tema de la refacción de muñecas, pero no había tutoriales, era a prueba y error, hay cosas que se me fueron ocurriendo hacerlas porque siempre tuve en mente el trabajo artesanal, el arreglar y armar. Una vez vi una muñeca de la Mujer Maravilla que quería y tenía el pelo como una paja de escoba. Yo había conseguido una muñeca de Jazmín de Aladín que tenía el pelo divino y ahí dije ‘¿cómo podré hacer para cambiarlo?’. Así fui sacando mechita por mechita, le fui agregando todo hasta que quedó bien. Después fui viendo si le faltaba pintura en la cara, la ropa, soy medio obsesivo con los detalles y la estética, la vara alta para todo, porque creo que va de la mano una cosa con la otra. Cuando me dicen ‘hacé algo así nomás’, no puedo, soy súper observador, ver el detalle y que esté bien me encanta”.

Como en todo proceso de aprendizaje, hubo tropezones. “Un día una compañera de trabajo me dio sus Barbies, me la trajo en una bolsa y me dijo ‘experimentá y me las dejás mejor, cuando termines me las das’. Ahí me interioricé un montón más. Previo a eso le quise hacer un peinado a una y le quemé todo el pelo sin saber. Lo que me pasaba primero era frustración y después pensé ‘esto lo tengo que poder solucionar’, que es algo que me dio mi trabajo también, que la solución la tenés que buscar rápido y bien”.

El desafío de restaurar tesoros cargados de historia

Para Diego, cada muñeca es un mundo desconocido y un reto estructural que requiere paciencia absoluta, lejos de los mensajes que a veces recibe en las redes sociales de manera jocosa. “Yo veo a la muñeca y digo ‘esto va a quedar de tal manera’, es como un ‘trabahobby’, como me gusta llamarlo. Me lleva muchísimo tiempo y convive con mi trabajo en el aeropuerto”.

Aunque hoy cobra por cada restauración, admite que le cuesta ponerle precio a una labor tan minuciosa y desgastante, donde los clientes no buscan un juguete nuevo, sino recuperar un pedazo de sus propias vidas: “Cuando me mandan una para hacer estoy continuamente en contacto para que las personas se queden tranquilas porque ellos depositaron su afecto en mí, sino no la repararían, la tirarían a la basura. Hoy lo cobro pero me cuesta poner un valor, no tengo un parámetro de cuánto cobrar, porque es algo que te lleva horas y horas, y que me gusta hacer en mi tiempo libre".

Aunque su preferencia inicial era el universo Barbie, la realidad de las familias argentinas golpeó a su puerta en forma de recuerdos de la infancia de padres y abuelos. “La mayoría de consultas son por muñecas antiguas, de los 70 u 80, que son las que tenían ojos, que el pelo se les arruinaba, que las escribían con birome. Esas son las que más trabajo te llevan, son grandes y cada cosa es un rato largo de trabajo, hay que desarmarla, limpiarla, lavarla. Si los ojos están bien hay que cuidarlos, que no les entre agua. Si hay que cambiar los ojos hay que removerlos, si tienen pelo es más difícil porque si das el calor que necesitás se puede quemar. Quizás tengo solo cinco horas libres y estoy todas con esto. En general llegan muy destruidas. Con una que tenía que cambiarle el pelo nada más estuve un día desde las 21 a las 5 y al otro día de las 13 a las 23, solo haciendo eso. Algunas, inclusive, me llevaron un mes o mes y medio”.

Detrás de cada plástico gastado, de cada articulación rota o pelo reseco por los años, hay historias familiares que quiebran la voz de cualquiera. Eso es lo que verdaderamente moviliza a Diego a seguir adelante. “Me escriben muchísimo y me dicen ‘me la regaló mi papá que ya no está, o era de mi abuela’. Una señora me escribió diciéndome que era de la hija que había fallecido. Valoro muchísimo que me confíen algo con tanta importancia afectiva. Uno de los bebotes que tengo subido a mis redes era un bebote que una chica amaba, se lo había regalado su papá y cuando lo vio arreglado se re emocionó. Está buenísima esa devolución. Yo creo en la energía de las cosas y si tirás esa energía al aire para darle la vuelta a algo y eso le genera algo a otro es re lindo", asegura.

Un éxito viral que no se esperaba

El salto a la masividad en las redes no estuvo en sus planes. Fueron sus propias compañeras quienes lo empujaron a mostrar lo que hacía entre cuatro paredes. “Me impulsaron un poco, yo no le veía la vuelta de hacer una cuenta de Instagram de muñecas, pero dos amigas del trabajo me insistían y yo decía ‘¿qué voy a subir?’, no tenía idea de nada. Me insistieron tanto que lo hice y al principio los veían solo la gente del trabajo y algunos conocidos. Los fui moldeando, pero no me imaginé que iba a tener tanta repercusión”, se confiesa.

El momento del quiebre definitivo ocurrió un fin de semana, casi por accidente: “Surgió con la muñeca Fiorela, subí el video en la madrugada de un sábado con 400 seguidores. A la tarde me fui a encontrar con un amigo que venía de visita y cuando volví a ver ya había llegado a los 500 seguidores. A la noche volví a mirar y tenía 900 y pico. Me resultó raro, miraba los perfiles y eran perfiles de gente común. No entendía qué podía pasar para que sumen seguidores, al otro día me levanté y tenía casi 2000 y estaba súper sorprendido. Para cuando subí la segunda parte de ese video todo empezó a crecer y empecé a interactuar”.

“Me parecía impensado que mi trabajo tuviera tanta visualización, fue una sorpresa pero agradezco enormemente”, sostiene el artesano que hoy ya cuenta con más de 65 mil seguidores.

El cable a tierra que no quiere que se vuelva una obligación

A pesar del aluvión de mensajes, pedidos y nuevos seguidores, Diego tiene muy en claro cuál es el lugar que este arte debe ocupar en su vida. No busca convertir su pasión en una fábrica a contrarreloj; el secreto está en respetar el ritual de cada pieza. “Tengo que poner todo de mí para que esa muñeca que llegó como llegó, se vaya en un estado aceptable”, insiste.

“La idea es seguir, intentar hacerlo, sacrificarme. Esto no tiene nada que ver con mi trabajo, si bien lo tomo como uno no quiero ponerle ese título para no agregarle el peso de que todo tiene que ser en un tiempo y de una forma estipulada, sobre todo para no quitar el disfrute de los procesos y tiempos de restauración que a veces me genera más de lo previsto y tampoco para no generarme presión”, señala Diego.

Por eso, reconoce: “Amo ir a ferias, a mercados de fines de semana y ver, buscar qué hay, es una aventura, ver qué conseguir y cómo lo puedo arreglar, es medio un entretenimiento y quiero respetar los tiempos y que siga teniendo eso de lo artesanal. El trabajo de restauración requiere muchísima dedicación, precisión y hacerlo con mucho amor”.

Mientras tanto, en su propia casa, conserva su espacio personal, rodeado de las figuras que admira y encontrando en la terquedad de su signo zodiacal la fuerza para no rendirse ante los cabellos enredados o los mecanismos trabados. Otro hobby que también tiene es el modelado de figuras que hace 100% a mano, desde cero, inclusive desde antes que existiera el 3D.

“Tengo mis muñecas, debo tener menos de 50 y me gusta tenerlas exhibidas, no tengo tanto espacio y las vengo alternando con una colección muy grande de Madonna. La mayoría las tengo en caja en el living porque me gusta verlas y estéticamente me parecen divinas. También tengo un par de la Mujer Maravilla que son mis joyitas, pero me mido mucho”, asegura.

Sobre el final, Diego habla sobre su rutina a la hora de desconectar del mundo y reconectar con la magia: “Esto es como una aventura, no sabés con qué te vas a encontrar, no sabés qué vas a hacer, pero le tenés que encontrar la vuelta, es un ensayo y un aprendizaje cada muñeca. Trato de que no suene el teléfono, tener la tele baja, música, pero sí trato de dejar el celular que es el principal foco de atracción y necesito focalizarme. He pasado horas desenredando pelo, haciendo un peinado, que parece pero no es sencillo. Soy re contra mil autocrítico pero doy lo mejor de mí y eso está bueno”.

“El mundo de las muñecas me parece mágico, fascinante. Mi favorita es Barbie, desde que salió en 1959 hasta las de los principios de los 2000, son las que mas me gustan por la estética, por la variedad, el detalle y por toda esa magia que tiene. Pero aunque sea Barbie, Rayito de sol o Yoly-Bell, siempre que veo una muñeca que está en un estado que cualquiera la tiraría a la basura, la proyecto como nueva y cómo quedaría después de los trabajos que pudiera realizar. Para mejorarla, para que quede nueva, brillante, darle otra oportunidad y que siga vigente muchos años más”, concluye con la mirada fija en su próximo desafío, sabiendo que en cada restauración no solo arregla plástico, sino que devuelve pedacitos de felicidad olvidados en el tiempo.

Fuente: TN

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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”

De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.

Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.

Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.

Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida

Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.

Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.

En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.

Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.

Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?

La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.

La noche en que todo cambió

Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.

Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.

¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que . Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.

A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.

Una historia con fecha de vencimiento

Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.

Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.

Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.

Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.

La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.

El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?

Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.

Los trenes que los separaban también los volvían a unir

El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.

Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.

Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.

Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.

Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.

Fuente: TN

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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela

En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.

Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.

En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.

“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.

La situación en Venezuela hoy

Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.

Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.

Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.

El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794

El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.

Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).

Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.

Fuente: TN

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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección

Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.

En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.

Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.

La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.

El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.

No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.

En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.

“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.

El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.

Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.

Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.

La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.

La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.

Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.

Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.

Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.

Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.

También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.

Fuente: TN

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