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Fue el hombre más querido de la TV, pero detrás de cámara sufría adicciones, escándalos y una dura historia familiar
Se llamaba Eugene Maurice Orowitz. Pero nadie lo recuerda con ese nombre. Fue Michael Landon. El de Bonanza, La familia Ingalls y Camino al Cielo. El que tenía apariencia de bueno, el que entraba a las casas de todas las familias, el que cualquier mujer grande quería como yerno, cualquier joven como novio y cualquier hombre como amigo. Sin embargo, su vida fue dura y el hombre mucho más difícil de lo que las apariencias indican. Su vida no fue tan apacible como la de sus creaciones. Fue más sinuosa y problemática. El público, después de verlo tanto tiempo en la pantalla, se había convencido de que él era igual a sus personajes bonachones, que compartía sus virtudes. No era extraño: fueron demasiados años en la pantalla (y a eso hay que sumarles las repeticiones posteriores). Una infancia dura con una madre con problemas psiquiátricos, varios divorcios escandalosos, adicciones y hasta capacidad de venganza cuando algo no le gustaba.
Si tener un éxito en la televisión del siglo pasado era difícil, tener tres y consecutivos parecía imposible. Los actores televisivos no solían reponerse de un gran suceso; no lograban despegarse del personaje que los condujo a ser conocidos y millonarios. Michael Landon, como nadie (quizá solo pueda competirle Ted Danson en este rubro), concretó la hazaña de encadenar tres series que lo mantuvieron en los hogares por treinta años ininterrumpidos.
Entre el final de una serie y la otra nunca pasó más de un año. Los papeles que elegía para él eran siempre bastante similares, aunque cambiaran las circunstancias, la época y algunas vicisitudes. Encarnó a hombres trabajadores, nobles, con apego a la familia, sanos y con una imposibilidad casi genética para actuar indebidamente.
Eugene Maurice Orowitz nació el 31 de octubre de 1936. En su infancia y juventud sufrió el antisemitismo. También padeció el clima hostil en su casa. Sus padres mantenían una relación violenta. Su madre intentó suicidarse un fin de semana de verano, ahogándose en el mar. Michael se internó en el agua y la rescató. Ese no fue el único intento de suicidio.
Se volvió un chico solitario y poco comunicativo que se refugiaba en las revistas de historietas y en el deporte. Llegó a ser campeón colegial de lanzamiento de jabalina. Esa habilidad deportiva le permitió conseguir una beca universitaria. Pero sólo duró un año. Después ingresó en la escuela de actuación de la Warner Bros al tiempo que trabajaba en una estación de servicio. En pocos meses consiguió el objetivo. Lo vieron y lo contrataron para pequeños papeles en películas menores. Cuando llegó el momento de debutar como actor, no necesitó que ningún productor le dijera que necesitaba un seudónimo, un nombre artístico. Necesitaba algo breve, sonoro y sin ninguna connotación semita. Era algo naturalizado en esos años. Abrió una guía telefónica de Los Angeles, en una página cualquiera, por el medio del libraco, cerró los ojos y apoyó su dedo en una línea. Cuando leyó, sufrió una desilusión grande: otro apellido de origen judío. Pero no lo vio como una señal de que debía mantener el suyo (por varios motivos: era demasiado largo, nadie lo hacía y el productor nunca lo hubiera aceptado) sino que volvió a probar. El segundo intento fue el definitivo. El dedo cayó en Landon. Era perfecto. Breve, la música de las enes con la suave cadencia de la d, la contundencia de la o en la segunda sílaba.
Una mañana de 1959 fue a un casting sin demasiadas expectativas. Acaso pretendía no más que un sueldo fijo para eliminar la incertidumbre de cómo iba a llegar a fin de mes. No podía saber que esa audición le cambiaría la vida.
Un mapa sepia que se consume bajo el fuego, una música repiqueteante y cuatro hombres que galopan desde el horizonte. Bonanza, con su padre adusto pero magnánimo y sus tres hijos varones, se convertiría en parte de la historia de la televisión que acompañaría a varias generaciones.
El género de la serie es incierto. Un western familiar, un melodrama a caballo, con toques de humor, unos pocos tiros y diferentes peripecias. El hijo menor era Joe. Impetuoso, comprador y atolondrado, su sonrisa lo sacaba de problemas. Michael Landon con 22 años era el más joven del elenco. Así comenzó su carrera como estrella televisiva.
Bonanza fue su escuela. Allí aprendió la fórmula del éxito. Podría haberse quedado con las tapas de revistas, las miles de cartas semanales que le enviaban los fans, con su extraordinario salario y los beneficios colaterales que apareja un boom televisivo extendido en los años. Él quiso más. No sólo utilizó el cariño de la gente como argumento para que mejore, año a año, su contrato, sino que quiso abrir el monstruo televisivo y ver cómo era por dentro, aprender cuál era el mecanismo que lo ponía en funcionamiento. Así entre sus exigencias contractuales estaban el derecho a participar en los guiones y la obligación de dirigir algunos capítulos por temporada.
A él le gustaba estar al mando y decidir. La mayoría de los actores se acostumbran a que los demás decidan por ellos, llegar cuando está todo dispuesto. Landon, por el contrario, sostenía: “Si me iba mal, no quería que eso sucediera por errores de otros. El que más arriesga siempre en este tipo de proyectos soy yo”.
Después de Bonanza, eligió La Familia Ingalls. Las decisiones creativas serían suyas. Control total. Director, guionista y productor ejecutivo. Tuvo que trabajar mucho para convencer a los ejecutivos del canal que adaptar Una Casa en la Pradera, el libro escrito por Laura Ingalls en 1935 y que ocurría en 1880, era una buena idea. No veían cómo eso podría convertirse en un éxito. Y mucho menos sin otras caras conocidas. Landon se encargó también del casting y descubrió entre otras a Melissa Gilbert, la Laura Ingalls de ficción. El programa era ingenuo, simple y a veces demasiado manipulador. Sin embargo, los personajes eran queribles y las situaciones creadas lograban emocionar al espectador.
La serie tuvo nueve años de gran suceso entre dramas familiares y mensajes que instaban al amor y a la vida en familia. Después de que la serie saliera del aire hubo una continuación ya sin él como actor principal pero sí moviendo los hilos detrás de cámaras. También filmaron, en ese año final, tres películas para televisión. Cuando decidieron dar de baja el programa ningún directivo se animaba a comunicar la noticia a Landon, conocido por defender sus productos con furia. Él se enteró antes de la confirmación oficial. Melissa Gilbert en sus memorias cuenta que con la rabia por el destrato, planeó una venganza. Para el último capítulo de los Ingalls imaginó a un millonario que llegaba a quedarse con sus tierras. La familia y los otros pobladores decidían prender fuego sus casas, dejar tierra arrasada para que los que llegaban no disfrutaran de su esfuerzo.
Más allá de encontrar un final impactante para la serie, ese argumento funcionó como excusa para que Michael Landon ejecutara su venganza: el canal ya no podría reutilizar sus decorados ni ningún elemento escenográfico como solía hacerse.
La siguiente apuesta fue Camino al Cielo. Otra vez las discusiones y el pedido por parte del canal de historias más contundentes, más vertiginosas, con más suciedad. Landon resistió e impuso su idea: historias aspiracionales en las que un ángel le hacía ganar el cielo a la gente. El canal al menos quería una contrafigura fuerte, una cara joven y reconocida. La obstinación de Landon se volvió a imponer y su compañero fue Victor French, su barbudo íntimo amigo que ya había actuado en La Familia Ingalls. French se enfermó de cáncer de pulmón y murió en 1989. Camino al Cielo siguió un poco más sin él.
El programa tuvo muy buen rating hasta 1989. Durante 1988, la caída en los números de audiencia fue muy notoria. Landon quiso resistir pero el canal anunció una breve temporada final y el cierre de la historia. Así finalizaban treinta años consecutivos de éxitos. Michael Landon dejaba NBC, esa alianza que parecía indestructible.
No estuvo libre demasiado tiempo. A las pocas semanas firmó con la CBS. Se puso a trabajar en US, una serie en la que encarnaba a un hombre que salía de prisión después de estar preso durante muchos años acusado erróneamente de haber asesinado a una millonaria. Pero Us quedó reducido a un telefilme. De lo que sería la cuarta serie consecutiva de Landon, sólo se llegó a rodar el episodio piloto de dos horas. Luego llegaría el diagnóstico y los tiempos precipitados de la enfermedad terminal.
La pregunta que queda sin respuesta es si Landon lograría adaptarse a los nuevos tiempos, al nuevo consumo televisivo, a las audiencias más exigentes y menos ingenuas o si su fórmula se había agotado después de dar unos monumentales beneficios. Su nuevo programa por ejemplo tendría que convivir con Los Simpson y Seinfeld.
En la pantalla siempre encarnaba a un hombre bueno, sano, preocupado por su familia y por actuar con corrección. Que en su vida privada era un hombre de familia no puede negarse. O al menos que tuvo varias familias. Tres matrimonios, casi sin interregnos entre uno y otro, y nueve hijos: cinco varones y cuatro mujeres.
A los veinte años se casó con Dodie Levy-Fraser, una chica de su misma edad que ya tenía un hijo. Fue un romance fulminante y apasionado. Los dos venían de experiencias duras pero tenían esperanzas. Faltaban todavía un par de años para que la fama irrumpiera en la vida de Landon. Michael adoptó al hijo de Dodie y también a Josh, un chico que tenía cinco años en ese entonces. El matrimonio se rompió en 1962. A los pocos meses, Landon se casó con Marjorie Lynn Noe. Estuvieron juntos casi dos décadas y tuvieron cuatro hijos. El escándalo llegó en 1982 cuando se descubrió que el actor mantenía un romance con Cindy Clerico, la maquilladora de su programa televisivo. Las revistas de la farándula se preguntaban cómo ese hombre ejemplar podía haber traicionado a su esposa, confundiendo ficción con realidad. Lo que Marjorie se preguntó es cómo podía hacerse con la mitad de la sociedad conyugal que le correspondía. El divorcio no fue apacible. Los periodistas de chimentos afirmaron que el acuerdo rondó los 30 millones de dólares. Marjorie decidió no ir a las exequias de Landon en 1991. “El divorcio ya fue una muerte que se interpuso entre nosotros”, dijo.
Con Cindy Clerico, que era veinte años más joven que él, estuvieron casados hasta la muerte de Michael y tuvieron dos hijos.
Landon tuvo problemas con el alcohol y con el exceso de algunos medicamentos durante sus primeros años de éxito. En las temporadas de rodaje llegaba a fumar cuatro atados diarios de cigarrillos sin filtro. Los actores que trabajaron con él, lo recuerdan como afable, muy alegre y contenedor. Pero, también, con unos niveles de exigencia inusuales y enojos épicos si las cosas no salían bien en la filmación.
Tenía complejo con su estatura, así que procuraba utilizar zapatos con plataformas para simular ser más alto. Como tenía el control artístico de sus programas, diseñaba escenas en las que debía exhibir su trabajado físico; siempre había alguna buena ocasión para que Charles Ingalls estuviera sin camisa. Uno de sus mayores orgullos era el pelo, al que cuidaba con devoción. Eran peinados urdidos que debían implicar varias horas de trabajo antes de cada día de rodaje. Tal vez esa obsesión se instaló en él en los días de Bonanza: Michael Landon era el único de los cuatro actores principales que no utilizaba bisoñé.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN