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Era abogado, fue elegido entre los mejores chefs del mundo y abrió un bistró al lado de la estación Retiro

En el borde de las vías y con los trenes que llegan y salen como paisaje de fondo, el cocinero Facundo Kelemen acaba de inaugurar Chuchú, su nuevo restaurante dentro del Museo Nacional Ferroviario Raúl Scalabrini Ortiz.

El proyecto marca un giro en su recorrido: más grande, más familiar y más cotidiano, pero con la misma idea que atraviesa su cocina desde el comienzo: modernizar los clásicos argentinos y hacerlos muy bien.

Un restaurante junto a las vías

El nombre no es casual. “Lo elegí yo”, contó Kelemen a TN. Chuchú dialoga con el entorno ferroviario sin caer en la tematización excesiva: la ambientación “remite a los bistrós franceses y los diners norteamericanos" y hay detalles sutiles como rieles en los platos o alrededor de la barra, así como una ventana en forma de tradicional boletería que recibe a los comensales y los deja pispear lo que pasa en la cocina.

El espacio, además, implica un salto de escala importante respecto de su restaurante Mengano.

Mengano es un proyecto muy chico y me divertía el tipo de desafío de hacer algo mucho más grande. Pasé de 35 cubiertos a más de 140, y si doblás mesas podés llegar a más de 300”, explicó.

Esa diferencia condicionó la propuesta: Chuchú debía ser necesariamente más accesible y más flexible en su funcionamiento cotidiano.

Ubicado en una zona con poca oferta gastronómica de este tipo y con una gran terraza protegida de la calle, el restaurante apunta tanto a familias como a trabajadores de oficinas cercanas y visitantes del museo.

Una revelación en Valencia y el paso de abogado a cocinero

La historia de Kelemen no empezó en una cocina. Antes fue abogado, incluso llegó a completar una maestría en derecho empresario. Y cómo a muchos estudiantes, un intercambio en el exterior le cambió la vida.

El suyo fue en Valencia, España, y terminó redefiniendo su rumbo. Allí, mientras vivía solo por primera vez, empezó a cocinarse a diario, su paladar se ensanchó y se descubrió una nueva pasión por la gastronomía. “Me intrigó mucho el sushi, por ejemplo, cómo hacerlo”, recordó sobre sus primeros experimentos.

De regreso en Buenos Aires, Kelemen combinó por un tiempo el ejercicio del derecho con clases de cocina, hasta que decidió dar el salto y renunció a su trabajo.

Su primera experiencia al frente de una cocina -la de un bar con un amigo -fue abrupta y caótica. “Fue medio un desastre”, se río, pero la experiencia marcó el punto de no retorno.

Después llegó una suplencia en un restaurante de Vicente López, unos años en Tegui y una temporada de stages en cocinas de Nueva York mientras su pareja estudiaba en la universidad de Columbia.

Fuente: TN

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Tiene 28 años, su pierna no para de crecer y necesita una operación urgente: “No me entra ni una zapatilla”

La vida de Héctor Ortiz cambió de un momento a otro en 2016. Lo que empezó como una molestia que él mismo atribuyó a un golpe jugando al fútbol, se convirtió en una pesadilla crónica que hoy le impide realizar las tareas más simples, como ponerse una zapatilla o un pantalón.

“Al principio era raro, se me empezó a hinchar en la parte de abajo de la pierna. Fui al médico, hicimos estudios con osteópatas, recorrimos varios lugares. Siempre pensé que me iba a sanar, pero seguía creciendo más”, recordó Héctor sobre los primeros años de una enfermedad que, tras la pandemia, avanzó sin tregua.

Un diagnóstico difícil y una esperanza en Buenos Aires

Durante años, el joven que hoy tiene 28 años deambuló por consultorios en Corrientes y Posadas, recibiendo masajes y medicación que no atacaban el problema de raíz. Hasta que finalmente el diagnóstico definitivo llegó con nombre y apellido: linfedema tardío en miembro inferior izquierdo, crónico, asociado a trastornos tróficos cutáneos e infecciones a repetición.

Tras mucho buscar, encontró en Buenos Aires al especialista que le dio una luz de esperanza. Héctor explicó en diálogo con TN la gravedad de su situación actual: “Fue el único que me dijo ‘es para operar porque si sigue mucho tiempo se va a complicar la columna’. Es todo líquido lo que tengo en la pierna, ellos quieren sacar todo e incluso un pedazo de piel”.

El cuadro no solo es estético o funcional; es un riesgo constante para su salud general. Aunque no siente dolor físico diario, la enfermedad lo debilita sistemáticamente. “Una vez al año me agarra fiebre y me tienen que dejar internado porque me agarra mal. Me dijeron que si sigo más así me puede pasar a la otra pierna”, relató con preocupación.

La lucha por el sustento y el peso de la mirada ajena

A pesar de la dificultad para movilizarse, Héctor no se rinde. En su Corrientes natal sobrevive haciendo “changas”, pero el peso de su propia pierna se ha vuelto un obstáculo casi insalvable para el trabajo físico.

“Actualmente corto pasto, lavo autos, hago changas. Me complica para conseguir trabajo porque por el mismo peso parece que mi pierna quiere tocar la tierra. Caminar puedo caminar, pero es muy pesado. No puedo doblar la rodilla”.

A las limitaciones físicas se le suma el peso emocional de la mirada social. Ante esto, habló sobre lo incómodo que resulta el día a día: “La gente me mira, a veces no me puedo poner ni un pantalón, las zapatillas no me las puedo poner”.

Hoy el joven correntino solo pide una oportunidad para volver a ser productivo y autosuficiente. Su mirada está puesta en el horizonte, en un trabajo en Córdoba donde lo espera su tía para trabajar, una vez que logre sanar.

Yo quiero sanarme bien y quiero ir a trabajar, pienso en mi futuro, en comprar un terreno, hacer mi casa, mis cosas. Los médicos dicen que voy a estar bien, que la pierna va a quedar como la otra pierna y eso me pone feliz porque va a ser otra vida, una vida normal para mí”, dijo con una mezcla de ilusión y determinación.

Fuente: TN

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Creó un álbum virtual de Diego Maradona gratis y ya es furor antes del Mundial 2026

En la previa al Mundial 2026, uno de los objetos más deseados por los hinchas de la Selección argentina es el álbum de figuritas para coleccionar y completar, aunque todavía no salió a la venta. Sin embargo, la pasión argentina siempre encuentra una hendija para calmar la ansiedad. En este caso, Damián fue un paso más allá y decidió crear uno virtual dedicado a Diego Armando Maradona.

El programador y diseñador web, de 38 años, combinó sus conocimientos con su amor por el “10” y creó una pieza de colección que, en apenas dos semanas, se hizo protagonista en las redes sociales, uniendo la nostalgia del papel con la practicidad de los tiempos modernos.

La idea surgió del fanatismo por el Diegote; yo lo llamo así, como si alguna vez lo hubiese conocido”, cuenta Damián a TN. “Tenía ganas de hacer algo en época de Mundial, con ese runrún de que no se consiguen figuritas o las venden carísimas. Y dije: ‘¿por qué no? Vamos a hacer algo lindo y gratis’”.

El archivo del 10 y el filtro emocional

Organizar un homenaje a la altura del capitán no fue tarea sencilla. Damián dedicó alrededor de dos meses a ordenar un archivo personal que parece infinito.

Tengo la carpeta ahí: veo fotos del Diego y guardo. Una vez por mes reviso y elimino las duplicadas. Debo tener unas 3.000 imágenes de él”, explica.

El desafío fue el recorte. La idea inicial de 1.010 figuritas cambió ante la necesidad de curar el contenido: “Filtré las políticas y me quedaron unas 2.600. Después hice otro filtro: al menos un tercio tenían que ser de él joven. Así llegué a las 555 actuales”.

Aunque esta es la “temporada 1”, Damián ya planea dividir el álbum en etapas para abarcar su faceta como futbolista y como DT. “No doy fechas, esto es mi hobby”, aclara.

Homenajes digitales: “Los sentimientos no se cobran”

Al ser consultado sobre el formato virtual y, sobre todo, sobre por qué hacerlo gratuito, Damián es claro: “Vivimos en una época digital, ¿qué no es virtual ahora mismo? Y es gratis porque me parece que los homenajes no se cobran, se hacen desde el corazón”.

Hincha de Boca y nacido en 1988, su conexión con Maradona es profunda y trasciende lo deportivo. “A mí el Diegote me toca la fibra de lo perseverante que era. No había patada que lo tirara, siempre contra viento y marea. Y también que nunca callaba, siempre de frente”.

Además, recordó una de sus frases favoritas: “Lástima a nadie, maestro”, que Maradona le dijo a José Sanfilippo en el programa El Equipo de Primera en 2001.

Las margaritas, la mejor figurita

Entre las miles de imágenes icónicas del Diego, hay una que para Damián resume su esencia: la foto junto a su hija Dalma durante un entrenamiento en Napoli, donde ella le coloca pequeñas margaritas en las medias mientras él está sentado sobre la pelota.

“Me quedo con esa. La mejor figurita es lo que era él: un tipo normal y común”, explica.

Con el tiempo, también se conoció otra imagen de ese mismo momento, con Maradona trotando junto a sus compañeros con las flores en las medias.

El recuerdo de un hincha de Boca y Maradona

Por una cuestión generacional, Damián vio poco a Maradona en actividad, pero sus recuerdos son claros. Su primera conexión fuerte fue el regreso a Boca en 1995.

“Recuerdo que teníamos un televisor Grundig a tubo, hermoso, y la Bombonera era una locura. Volvía él”, cuenta.

También menciona el Mundial 94 como un momento clave: “Tenía seis años, pero recuerdo muy claro el grito a la cámara en el gol a Grecia”.

Como tantos otros, lamenta no haber estado en su partido homenaje en 2001: “Hubiese sido un honor estar en su despedida, pero si nombramos a todos los que quisimos ir y no pudimos, la lista sería interminable”.

El proyecto recién empieza y se puede acceder desde la página jueguitos.com.ar/diegote/. Aunque el impacto en redes fue inmediato, su creador siente que aún queda mucho por hacer.. “Me faltaron demasiadas”, admite, dejando la puerta abierta para futuras ediciones y para que los hinchas sigan coleccionando la historia de un ídolo que, incluso en formato digital, sigue gambeteando al olvido.

Fuente: TN

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“La señora de los pañuelos” que, pese a sus problemas, logra que la gente vuelva a saludar y a sonreír

No importa si hace frío, calor o llueve: una voz se oye, constante, firme y sonriente. “Buenos días”, dice Alicia, y con esas dos palabras logra algo que parece simple, pero no lo es tanto: cambiar el ánimo de todos los que pasan por la vereda de la avenida Rivadavia, en Caballito.

Alicia viaja desde Laferrere todos los días. Se levanta a las dos y media de la madrugada, desayuna unos mates rápidos y sale a tomar el colectivo. A las cinco y media ya está en la zona del Parque Rivadavia. Antes de empezar su jornada, camina varias vueltas a la manzana para “cargar energía positiva”. Después se instala y trabaja hasta la tarde.

Todos los que pasan por ahí la conocen y aseguran que ofrece mucho más que un pañuelito: “Mira a los ojos, te sonríe y te dice buenos días. Y es impresionante cómo todos los vecinos ya la conocemos. Se hizo parte del barrio”, cuenta Joaquín, que entrena en el gimnasio de la cuadra.

Saluda a los chicos que van al jardín, a los adolescentes que caminan rumbo al colegio y a los adultos que van a paso rápido hacia el trabajo. Todos reciben el saludo de Alicia. Y casi sin darse cuenta, volvieron a incorporar una costumbre que parecía olvidada por muchos: responden. “Aprendieron otra vez a decir buenos días”, dice ella, orgullosa.

Detrás de esa sonrisa, hay una historia de lucha. Alicia trabaja para sostener su tratamiento médico. Tiene una enfermedad crónica que requiere medicación diaria. Además, mantiene a su hija, que nació con hidrocefalia congénita y ya atravesó 18 cirugías.

A pesar de todo, no falta nunca; aunque las ventas varíen —a veces más, a veces menos—, hay algo que no cambia: el afecto que recibe.

“Yo me voy feliz por el cariño que me brindan. Eso no lo tenía en el bolsillo”, dice.

Quienes pasan a su lado coinciden: acercarse a Alicia es llevarse una sonrisa, una charla breve, una dosis de energía. “Te llevás un pañuelito, pero también una amiga y una fuerza enorme para vivir”, dice otra vecina.

Alicia explica que el cambio en los vecinos fue radical: de la desconfianza inicial a un vínculo genuino. “Hoy, muchos se acercan no solo a comprar, sino a ayudar, a preguntar cómo estoy, a ofrecer agua o algo para comer”.

Alicia no acepta. Ella se trae de su casa todo lo necesario para atravesar el día y no le gusta pedir ni que le regalen nada.

Con cada “buen día”, construyó algo más grande que un simple saludo: una red de afecto en medio de la rutina diaria. Un recordatorio de que, incluso en las jornadas más difíciles, un gesto mínimo puede hacer la diferencia.

Hace poco abrió una cuenta de instagram: @alicianoemiruz donde se la puede contactar para saber más sobre su historia.

Fuente: TN

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