Salud
Seis hábitos dañinos que pueden frenar la vitalidad después de los 70 y qué hacer para revertirlos
El problema no es la edad, sino la fuerza del hábito, dice Mario Alonso Puig, médico y conferencista, en referencia a los adultos mayores. El “declive humano” se produce porque “se arrastran años o incluso décadas repitiendo rutinas que desgastan la vitalidad de forma silenciosa”, afirma en uno de los tantos videos de su canal de YouTube que dedica a hablar de la generación silver.
Esas “pequeñas costumbres”, que parecen parte normal del envejecimiento, “en verdad actúan como un tóxico lento y constante”, advierte. Son hábitos casi inconscientes, patrones de comportamiento que se repiten sin ver que “roban años de vida, energía, claridad mental y, sobre todo, la posibilidad de vivir esta etapa con plenitud”.
Puig apunta contra ese “momento en la vida de casi todas las personas”, alrededor de los 65, 70 años, en el que “el cerebro toma una decisión silenciosa”, sin que uno lo note, la mente “comienza a prepararse para dejar de vivir”.
No se trata de enfermedad, ni depresión, sino de “algo mucho más sutil y peligroso: tu cerebro empieza a aceptar que ya no eres protagonista de tu propia vida”, dice. La consecuencia es que “el cuerpo obedece, los músculos se debilitan más rápido, la memoria falla con más frecuencia, el ánimo baja, las ganas desaparecen y todo el mundo a tu alrededor dice que es normal, que es la edad, que así es la vida”.
Puis asegura que no es así, que no tiene por qué ser así, y explica qué hábitos concretos “alimentan ese proceso destructivo” y qué se puede hacer “para revertirlo”.
Son hábitos que aparentemente no tienen que ver con la salud, pero “que determinan si vas a vivir tus próximos años con vitalidad o si vas a ir apagándote como una vela”.
Apoltronados
El cuerpo humano no fue diseñado para estar quieto, observa. “Sin embargo, eso es exactamente lo que hacen millones de personas cuando llegan a cierta edad. Se sientan y desde un sillón empiezan a despedirse del mundo sin saberlo. El sedentarismo después de los 65, 70 años no es simplemente un mal hábito, es una sentencia”, asevera.
El deterioro que causa el inmovilismo en personas que se acaban de jubilar por ejemplo puede ser drástico y acelerado. Implica “pérdida de masa muscular, pérdida de equilibrio, caídas, fracturas, hospitalización”. Esto empieza “con algo tan simple como dejar de caminar”.
Los huesos pierden rápidamente densidad, la sarcopenia también se acelera “de una forma que no ocurriría” si la persona mantiene “aunque sea un mínimo de actividad”. Y Puig aclara que no está hablando de tres horas de gimnasio por día o de correr maratones. Está diciendo que “caminar 30 minutos, cuatro o cinco veces por semana” basta para marcar “la diferencia entre una vejez digna y una vejez postrada”.
Pero además, el sedentarismo no solo afecta al cuerpo sino a la mente, explica: “el movimiento genera endorfinas, serotonina, dopamina”, sustancias que son el combustible que necesita “el cerebro para experimentar bienestar, motivación y propósito”. Al no moverse, el cerebro interpreta que “ya no necesita producirlas” y “detiene su fabricación”. “Así emergen la apatía y el desánimo, un estado que muchos confunden con la depresión o el simple envejecimiento, cuando el origen real es la inactividad”, sostiene Puig.
El disco duro lleno
“Existe una creencia muy extendida, muy arraigada, que dice que a partir de cierta edad ya no se puede aprender nada nuevo, que el cerebro de una persona mayor es como un disco duro lleno, que ya no le cabe más información”, dice Puig que sostiene que esa creencia, “aparte de falsa, es tremendamente dañina, porque cuando una persona se la cree”, le está dando “permiso a su cerebro para dejar de funcionar”. La neurociencia ya demostró que “el cerebro humano tiene la capacidad de generar nuevas conexiones neuronales a cualquier edad, a los 70, 80, 90”.
Se llama neuroplasticidad. Significa, dice, que “el cerebro puede seguir creciendo, adaptándose, puede seguir aprendiendo” siempre que se lo incentive. Pero si todos los días hacemos y hablamos de lo mismo, el cerebro “entiende que no necesita esforzarse” y empieza su deterioro.
No se refiere Puig a grandes empresas, como empezar una carrera universitaria, sino de pequeños estímulos: leer cosas que no sean las acostumbradas, probar nuevas recetas, caminar por un sitio nuevo o hacer sudokus. “Cada una de esas pequeñas cosas es un estímulo para tu cerebro. Es como llevarle comida fresca, como darle gasolina. Y tu cerebro responde, vaya que responde”, asegura.
“El hábito de repetir lo mismo todos los días, de vivir en piloto automático, es uno de los más peligrosos después de los 70, porque no duele, no se nota, no parece grave”, advierte.
Por eso hay que romper la rutina, desafiar a la mente con un poco de incertidumbre.
Animal social
“La soledad no deseada en personas mayores tiene un efecto en la salud comparable al de fumar quince cigarrillos al día, según estudios serios —dice Puig—. La soledad crónica aumenta la inflamación del cuerpo, debilita el sistema inmune, incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, acelera el deterioro cognitivo y aumenta significativamente la probabilidad de muerte prematura”. Sin embargo, constata, no suele ser mencionado como hábito nocivo en personas mayores, porque se lo considera inherente a la etapa.
Esa soledad es habitual como lo son sus causas a esta edad: pérdida de seres queridos, alejamiento de los hijos, fin del trabajo. Puede pasar que esa persona mayor no hable con nadie en todo el día.
Se considera a la soledad “como si fuera parte de hacerse mayor”, dice Puig. “Pero no lo es, no tiene por qué serlo”, afirma. El ser humano es un animal social, por lo tanto, el contacto con otros no es un lujo sino una necesidad biológica.
“Cuando hablas con alguien, cuando compartes una conversación, cuando te ríes con otra persona, tu cerebro libera oxitocina, que es la hormona del vínculo, de la conexión, de la confianza. Y esa oxitocina tiene efectos reales y medibles en tu salud. Reduce la presión arterial, mejora la digestión, fortalece el sistema inmunológico, reduce la ansiedad, mejora el sueño. Todo eso simplemente por estar con otra persona”, explica el médico.
Por lo tanto, hay que combatir el hábito de aislarse, encerrarse, no buscar compañía, en suma, “aceptar la soledad como destino” porque “es uno de los hábitos más mortales”.
Buscar compañía, llamar a alguien, integrarse a un grupo, es, dice Puig, “la diferencia entre vivir y simplemente existir”.
Psicología de la nutrición
“Después de cierta edad, la mayoría de las personas no come por hambre, come por costumbre, aburrimiento, ansiedad, inercia. Come porque son las dos y hay que comer, porque la televisión está encendida y picotea mientras la mira o porque no tiene otra cosa que hacer”, señala Mario Alonso Puig. Y agrega: “Come porque la comida es uno de los pocos placeres que le quedan”, y comer por motivos emocionales “hace mucho daño”.
En estos casos, es frecuente duplicar el consumo de azúcar y en su entorno no le dicen “porque son mayores”. “Esa compasión mal entendida es una forma de negligencia —sentencia Puig—, porque el exceso de azúcar después de los 70 no es un placer inocente, es un acelerador del deterioro cognitivo, de la inflamación crónica, de la diabetes, de las enfermedades cardiovasculares. Es combustible para casi todo lo que puede ir mal en un cuerpo que ya está trabajando con menos recursos”.
Pero para Puig, el problema mayor es “la relación que se tiene con la comida”. Comer por aburrimiento, soledad, ansiedad, es convertir a la comida en sustituto de algo que falta, “movimiento, estímulo mental, contacto social, propósito”. Si todo eso está presente en la vida de una persona, “la relación con la comida se regula sola”. Deja de ser una “muleta emocional”.
A continuación, da algunos consejos “tremendamente simples, pero tremendamente efectivos”. El primero es beber agua, aunque no se tenga sed porque a partir de los 65, aunque el cuerpo necesite agua, “el cerebro ya no avisa con la misma urgencia”. La deshidratación crónica leve causa fatiga, confusión mental, dolor de cabeza, irritabilidad, problemas digestivos.
El segundo, es incorporar más fibra a la dieta. Frutas, verduras, legumbres. Basta con asegurarse de que en el plato haya color y variedad. Y productos de la tierra, antes que de la fábrica. Los ultraprocesados “son especialmente dañinos para personas mayores porque están cargados de sal, azúcar, y grasas que el cuerpo cada vez tiene menos capacidad de procesar”.
Tercero, recuperar “el acto de comer como algo consciente”, es decir, sentarse a la mesa, apagar la tele, comer acompañado de ser posible, masticar despacio.
Finalmente, no olvidar la proteína, porque después de los 70, el cuerpo la necesita más, no menos. “Hay muchas formas de incluir proteínas sin complicarte la vida y sin gastar una fortuna, pero necesitas hacerlo porque si no tu cuerpo empieza a comerse sus propios músculos para obtener la proteína que necesita. Y eso es exactamente lo que lleva a la fragilidad, a las caídas, a la dependencia”, explica Puig.
“Caminar, comer bien, beber agua, estar con gente —recapitula—. Son cosas que parecen muy básicas, pero precisamente por eso nadie les presta atención”. Pero “son los cimientos y sin cimientos cualquier edificio se derrumba”.
Sueño reparador
Otra cosa que se ve como normal a partir de los 65 es dormir mal. La gente considera lógico dormir menos horas y despertarse seguido durante la noche. Pero Puig afirma categóricamente que “dormir mal no es normal a ninguna edad”. “Es cierto que el sueño profundo se reduce y que los despertares nocturnos son más frecuentes —admite sin embargo—. Pero eso no significa que tengas que aceptar dormir cuatro horas o despertarte exhausto cada mañana”. El mal descanso nocturno es un factor de riesgo para el deterioro cognitivo.
El sistema linfático se activa durante el sueño profundo y se encarga de eliminar los residuos tóxicos que se acumulan en el cerebro durante el día y entre esos residuos están las proteínas que se han asociado con el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas, explica. “Cuando no duermes lo suficiente o cuando tu sueño es superficial y fragmentado, ese sistema de limpieza no puede hacer su trabajo y los residuos se acumulan”, señala.
Un obstáculo son las pantallas, cuya luz azul le dice al cerebro que es de día, que no es momento de producir melatonina, de dormir. La preocupación nocturna también perturba el sueño y las personas mayores tienden a preocuparse más de noche: por la salud, los hijos, el dinero, el futuro, la muerte. Esas preocupaciones generan cortisol, explica Puig, que es la hormona del estrés, enemigo número uno del sueño. Es biológicamente imposible dormir con el cuerpo inundado de cortisol.
Sus consejos para un sueño reparador: acostarse y levantarse todos los días a la misma hora todos los días, porque el cuerpo tiene un reloj interno que funciona mejor con horarios regulares; siesta de no más de 30 minutos y antes de las cuatro de la tarde; pantallas apagadas una hora antes de acostarse; antes de dormir, escribir en un cuaderno aquello que preocupa, no para solucionarlo, sino para sacarlo de la cabeza y ponerlo en el papel. “Ese gesto tan simple le dice a tu cerebro que puede soltar esas preocupaciones, que ya están registradas, que no hace falta que las revuelva toda la noche”, explica Puig.
Fuente: Infobae
Salud
Científicos confirmaron que los videojuegos pueden retrasar el envejecimiento cerebral
Durante décadas, los videojuegos fueron asociados al sedentarismo, la distracción y el entretenimiento de niños y adolescentes Sin embargo, en los últimos años, esa mirada empezó a cambiar: distintas investigaciones ahora los consideran capaces de estimular memoria, atención, velocidad de respuesta y bienestar mental.
Una investigación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) afirmó que haber jugado videojuegos durante la infancia puede producir mejoras cognitivas y retrasar el envejecimiento cerebral.
En el informe se aclara que las consolas o computadoras no son una solución médica ni cualquier juego alcanza para proteger el cerebro. Pero la evidencia expuesta por los científicos apunta a algo más específico: los videojuegos que exigen atención, planificación, orientación espacial y toma de decisiones pueden funcionar como una forma de estimulación mental.
Por qué los videojuegos pueden ayudar al cerebro
Jugar exige bastante más que mirar una pantalla. Para avanzar en una partida, una persona tiene que leer el entorno, recordar objetivos, reaccionar ante cambios, resolver problemas y ajustar una estrategia en tiempo real.
Ese entrenamiento constante activa habilidades que suelen verse afectadas con el paso de los años, como la atención sostenida, la velocidad de procesamiento, la coordinación y la capacidad de retener información mientras se toman decisiones.
La UOC señaló que los videojuegos pueden producir cambios estructurales y funcionales en el cerebro, con efectos en regiones vinculadas a la atención y las habilidades visoespaciales. Su investigación también indicó que algunos cambios cognitivos pueden mantenerse años después de haber dejado de jugar.
Qué tipo de juegos tienen más impacto
Los beneficios dependen del tipo de videojuego. Los de estrategia exigen planificar, administrar recursos y anticipar escenarios. Los de acción demandan reflejos, coordinación y atención visual. Los puzzles trabajan la resolución de problemas y los mundos 3D involucran orientación espacial, memoria y exploración.
En ese sentido, un estudio de la Univesidad de Montreal sobre videojuegos 3D encontró que jugar Super Mario 64 se asoció con aumentos de materia gris en el hipocampo, el cerebelo y la corteza prefrontal dorsolateral, regiones del cerebro vinculadas a la memoria, coordinación y planificación.
A la vez, otro trabajo publicado en Nature Communications analizó experiencias creativas, entre ellas videojuegos específicos, y las relacionó con patrones cerebrales compatibles con un envejecimiento más lento.
Bienestar mental y uso moderado
El gaming también aparece asociado al bienestar emocional. De acuerdo a un trabajo publicado en Nature Human Behaviour, basado en datos de Japón, tener una consola y jugar se relacionó con mejoras en bienestar mental, menor malestar psicológico y mayor satisfacción con la vida.
Vale hacer una aclaración. Todas las investigaciones remarcan que la moderación es clave. Los estudios no plantean que jugar durante horas sea saludable por sí mismo. El efecto positivo aparece cuando el videojuego forma parte de una rutina equilibrada, junto con descanso, actividad física, vínculos sociales y otras actividades que también estimulan el cerebro.
Fuente: TN
Salud
El mayor estudio realizado sobre la endometriosis revela nuevas claves sobre esta enfermedad que afecta a 190 millones de mujeres en el mundo
Un macroestudio internacional en el que han participado la Universidad de Granada, la Universitat de Barcelona y el Instituto de Investigación Sant Pau, entre otros centros de Europa y Estados Unidos, acaba de arrojar nueva luz sobre la endometriosis, una enfermedad que afecta a cerca de 190 millones de mujeres en todo el mundo. En España, más de 2 millones, según la Asociación de Afectadas de Endometriosis (ADAEC).
La endometriosis es una enfermedad inflamatoria crónica que provoca dolores muy intensos durante la menstruación, cambios hormonales en el ciclo menstrual y, en ocasiones, problemas de fertilidad. Se produce cuando el endometrio, la capa mucosa interna del útero cuya función es acoger el embrión y formar la placenta (si no hay embarazo, se desprende y baja la regla), crece fuera de su lugar.
Pese a la alta incidencia de esta patología, todavía es poco comprendida desde una perspectiva biológica, lo que dificulta tanto su diagnóstico como el desarrollo de tratamientos eficaces. En un intento de avanzar en el conocimiento de la endometriosis, los investigadores han analizado información genética de cerca de 1,4 millones de mujeres en todo el mundo, lo que constituye el mayor estudio realizado hasta la fecha sobre esta enfermedad.
La investigación, que ya ha sido publicada en la revista Nature Genetics, indica que la endometriosis probablemente no está causada por un único proceso biológico, sino por múltiples acciones que contribuyen a su variabilidad clínica y dificultan su diagnóstico. Entre estos se incluyen la inflamación, la alteración de la respuesta inmune, el remodelado tisular, la proliferación y diferenciación celular y la formación de nuevos vasos sanguíneos, procesos que ayudan a explicar la diversidad de manifestaciones clínicas observadas entre las pacientes.
Los resultados del estudio han identificado hasta 80 regiones del genoma asociadas al riesgo de desarrollar la enfermedad. De ellas, 37 no habían sido todavía descritas. “Cuando estudiamos una enfermedad, necesitamos entender su base biológica. Si no sabemos qué está ocurriendo a nivel molecular, es muy difícil desarrollar tratamientos eficaces o mejorar el diagnóstico”, explica la doctora Dora Koller, del grupo de investigación en Salud Perinatal y de la Mujer del IR Sant Pau y autora principal del estudio, quien añade que la investigación básica en endometriosis ha llegado más tarde que en otras áreas, lo que ha limitado la comprensión de la enfermedad durante años.
Una enfermedad con muchas aristas
La complejidad biológica de la endometriosis se refleja en la amplia variabilidad clínica de la enfermedad. Algunas mujeres apenas presentan síntomas, mientras que otras experimentan dolor intenso y discapacitante o problemas de infertilidad que afectan significativamente a su calidad de vida. Esta diversidad, tanto en la presentación clínica como en su evolución, pone de manifiesto que la endometriosis no sigue un único patrón.
En la práctica clínica, la clasificación actual se basa principalmente en criterios quirúrgicos o en la localización de las lesiones, lo que resulta limitado, ya que no explica adecuadamente las diferencias en los síntomas, la evolución o la respuesta al tratamiento. Esta falta de herramientas diagnósticas más precisas también contribuye a que el diagnóstico de la enfermedad se retrase a menudo una media de 7 o 10 años, incluso en mujeres con síntomas evidentes.
“Necesitamos avanzar hacia una clasificación más basada en la biología, similar a lo que ha ocurrido en el cáncer, donde ahora distinguimos diferentes subtipos con comportamientos y tratamientos distintos”, apunta la doctora Koller. También reconoce que este retraso diagnóstico forma parte de la experiencia de muchas mujeres. Como paciente con endometriosis, señala que, en su caso, “fueron necesarios 15 años para obtener un diagnóstico, a pesar de presentar síntomas claros y discapacitantes”.
Un nuevo horizonte para el tratamiento de la endometriosis
El estudio introduce un cambio relevante en la forma de abordar la endometriosis en la consulta. Hasta ahora, las decisiones terapéuticas suelen tomarse sin herramientas precisas de predicción, lo que obliga a muchas pacientes a pasar por distintas opciones sin garantías de éxito. Esta variabilidad en la respuesta pone de manifiesto la necesidad de entender mejor las diferencias individuales entre casos. En este sentido, el análisis genético aporta una base más sólida para interpretar qué procesos están activos en cada mujer y facilita una elección de tratamientos más ajustada.
A partir de esta evidencia, se perfila un modelo asistencial más individualizado, en el que la información biológica del paciente guíe tanto el diagnóstico como la intervención. Este enfoque permitiría no solo mejorar los resultados clínicos, sino también evitar tratamientos innecesarios o poco eficaces.
Asimismo, la investigación apunta a nuevas vías terapéuticas a través del reposicionamiento de medicamentos ya disponibles, lo que podría acortar los tiempos de desarrollo. Entre las opciones identificadas figuran fármacos empleados en oncología y compuestos como la nortriptilina, con potencial para abordar de forma simultánea el dolor persistente y los trastornos del estado de ánimo asociados a la enfermedad.
Fuente: Infobae
Salud
Cómo aprender a distinguir el estrés de la ansiedad
La ansiedad es un conjunto de procesos psicológicos y fisiológicos que aparecen cuando se perciben peligros reales o percibidos y que nos predispone a reaccionar rápidamente a la menor señal de que hay que hacerlo. Además, hace que el sistema nervioso permanezca en un estado de alta activación, de manera que se vuelve más sensible a los estímulos imprevistos.
Se trata de una respuesta adaptativa del ser humano, siempre que esta sea proporcional al estímulo que la desencadena, pero es una señal de alarma que, si se prolonga en el tiempo sin motivo aparente, nos está avisando de que tenemos algo que revisar en nuestra vida.
En la actualidad, es común escuchar frases como “es que esto me da ansiedad” o “qué ansiedad me da tanta espera”. Si bien es verdad que conocemos mejor ciertos estados mentales que antes se agrupaban bajo otras denominaciones, en muchas ocasiones usamos mal los términos ansiedad y estrés.
La psiquiatra española Ana Isabel Sanz, especializada en trastornos afectivos y ansiedad, explica el estrés como el proceso de activación fisiológica derivado de la valoración de una demanda externa y la percepción de nuestros propios recursos para afrontarla.
“Cuando percibimos que la exigencia de una situación externa supera los recursos de que disponemos para hacerle frente, el organismo pone en marcha toda una cadena de respuestas ‘excepcionales’. Entre ellas, la activación de eje hormonal que conecta el cerebro con las glándulas suprarrenales y cuyo protagonista principal es el cortisol”, dijo.
En la actualidad, el estrés constituye una respuesta adaptativa y necesaria para responder a los diferentes requerimientos de nuestra vida: un ascenso laboral, un examen, el aprendizaje de una nueva competencia, un evento social, el inicio de la convivencia con una pareja, la enfermedad propia o de un ser querido. No es una respuesta patológica y solo lo será cuando se prolongue en el tiempo o en condiciones desfavorables (situación personal de vulnerabilidad, falta de apoyo, condiciones negativas del entorno laboral, social o familiar).
Los matices de la ansiedad
Cuando la respuesta de alarma o de lucha no obedece a un reto concreto, sino a un estímulo que se percibe como amenazante internamente sin correlación con un hecho real concreto, es cuando aparece la ansiedad. Las respuestas pueden ser parecidas a las que caracterizan el estrés (activación fisiológica con aceleración del ritmo cardíaco, cambio de la frecuencia y profundidad de la respiración, aumento generalizado de la tensión muscular, emociones dominadas por el miedo), pero el estímulo es distinto, señaló la experta.
La psicóloga indicó que la ansiedad no suele identificarse en el entorno, sino en nuestro mundo interior: anticipamos amenazas futuras que son suposiciones o hipótesis acerca de posibles problemas futuros que construye nuestro cerebro en base a distorsiones de nuestra cognición.
Por otro lado, en las redes sociales proliferan videos que alaban las bondades de determinados suplementos para combatir la ansiedad, pero Valeria Medina Rivera, neuropsicóloga española, dice que, pese a que existe una conexión real entre el intestino y el cerebro y que ciertas bacterias de la microbiota intestinal pueden influir en la regulación emocional, con el estrés o la producción de neurotransmisores como la serotonina, la investigación aún es limitada, por lo cual no se justifica el uso generalizado de suplementos como tratamiento principal.
“Es importante no caer en la automedicación ni minimizar síntomas que pueden requerir intervención clínica. En situaciones de estrés, puede ser útil consultar con un profesional sobre la posible utilización de suplementos, siempre de forma individualizada y supervisada”, explica. “La base del abordaje debe ser siempre incorporar estrategias de regulación eficaces en el día a día: técnicas de relajación, actividad física, planificación de tiempos y entrenamiento de atención plena”, expresó.
No minimizar la ansiedad
Sanz subraya que la ansiedad no tratada afecta de forma importante nuestro bienestar mental y físico, a la vez que puede llegar a convertirse en un trastorno crónico que nos incapacita personal, social y laboralmente e, incluso, puede complicarse con otros trastornos de la conducta, como la depresión, los trastornos de sueño y alimentación o el abuso de fármacos o de drogas. “Afecta nuestro bienestar básico. Suele iniciarse por alterar el sueño o la capacidad de alimentarse correctamente. Altera la capacidad de concentración y el rendimiento cognitivo en tareas complejas y cotidianas”, asegura.
Además, comenta que la ansiedad mantenida en el tiempo distorsiona nuestro estado anímico. Es la responsable de esos estados crónicos de irritabilidad, tristeza o desesperanza, que en casos complejos pueden llevar a deterioro del autocuidado e incluso a autolesiones y conductas de riesgo y que también alteran nuestra capacidad de relacionarnos socialmente y, con frecuencia, impactan en una limitación de nuestro contacto con otras personas y en la evitación de actividades laborales o lúdicas que implican salir del círculo donde nos sentimos seguros.
Trabajar la estimulación cognitiva con un profesional
El psicólogo es el que debe identificar si lo que nos pasa es ansiedad o estrés y Medina Rivera dice que la evidencia científica muestra que lo más eficaz suele ser combinar terapia psicológica (especialmente la terapia cognitivo-conductual) con medicación, especialmente en los casos de ansiedad moderada a grave, pero hay otras herramientas que pueden ayudar.
“La estimulación cognitiva ayuda a entrenar ciertas habilidades mentales. Por ejemplo, aprender a frenar pensamientos repetitivos para reducir la rumiación o mejorar la planificación de tareas para aumentar la percepción de control y reducir la incertidumbre. Finalmente, trabajar la atención para potenciar técnicas de atención plena. También contribuye a desarrollar la flexibilidad mental para evitar la rigidez y adaptarse mejor a los cambios. Revisar y aprender de los errores permite ajustar la conducta sin caer en una vigilancia constante”, culminó.
Fuente: TN