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Tuvo un accidente en moto, perdió una pierna y tardó 15 años en hacer rehabilitación: el encuentro que le cambió la vida

Cuando se despertó del coma, el 8 de enero de 2008, Alberto Petrak (42) no recordaba quién era ni qué le había sucedido. Había pasado 23 días intubado en terapia intensiva. Sus padres y sus hermanas lloraban cada vez que entraban a verlo. “¿Qué pasó?”, fue lo primero que les preguntó cuando pudo volver a hablar. Nadie se animaba a contestarle. Semanas antes, había salido a dar una vuelta en su moto y un auto frenó de golpe frente a él. El impacto lo hizo volar más de 25 metros. Al abrir los ojos, lo último que esperaba era descubrir que le faltaba una pierna.

Se están por cumplir 18 años del accidente y Alberto escucha la pregunta: “¿Quién eras vos en ese momento, cómo era tu vida?”. Sentado en una cafetería del microcentro porteño, busca hacia atrás en el tiempo y todavía se emociona al recordar. “Era un chico de 24 años que tenía una vida muy activa: jugaba al fútbol, al pádel y salía con mis amigos. Vivía el presente con alegría pero, sobre todo, con libertad. La libertad de hacer lo que quería. La moto, de alguna manera, representaba todo eso”, le cuenta a Infobae.

Alberto no dice que el accidente lo volvió mejor persona, ni habla de grandes lecciones. “Si pudiese volver el tiempo atrás, quisiera que esto nunca hubiese ocurrido”, asegura. Para él, la pérdida fue brutal: le llevó años aceptarla y aceptarse. Las limitaciones que trajo la amputación fueron muchas y crueles. “Me convencí de que el dolor iba a ser parte de mi vida para siempre”, explica. En ese momento no sabía que todo ese sufrimiento podía haberse evitado. La prótesis que le dieron no era la adecuada, pero tardó años en descubrirlo. Y más aún en volver a caminar sin dolor.

Un antes y un después

Alberto nació en la localidad bonaerense de Lomas de Zamora y es el menor de cuatro hermanas mujeres. Hijo de un albañil y una empleada doméstica, creció en un hogar donde nunca faltó, pero tampoco sobró nada. A los 24, antes de que su vida cambiara para siempre, trabajaba como administrativo en una empresa de transporte y se debatía entre seguir con la licenciatura en Planificación Logística en la Universidad Nacional de Lanús o arrancar el profesorado de Historia en Adrogué. “Siempre anhelaba mejorar la situación económica”, dice.

El día del accidente —el 16 de diciembre de 2007— había ido a jugar al fútbol y, después de bañarse, fue a tomar unos mates a lo de su mejor amigo, que vivía en su misma manzana. Se quedó a cenar, pero en vez de volver a su casa, decidió ir a dar una vuelta con la moto. “De regreso, un auto frenó delante de mí de forma imprudente y no pude parar. La moto pasó de largo y le pegué con la pierna izquierda, arriba de la óptica trasera. Salí despedido unos 25 metros hasta el cordón de la vereda”, cuenta.

La noticia de la amputación la recibió casi un mes más tarde, cuando despertó de un coma que duró 23 días. “Veía que mi familia entraba a verme y lloraba. En un momento se acercó el doctor a hacerme unas curaciones. Me incorporé y noté que me faltaba una pierna. ‘Debe ser un sueño. Me voy a dormir y cuando despierte, va a haber pasado’, pensé. Y trataba de dormir, pero no podía”. Según le explicaron, las fracturas expuestas, combinadas con el contacto con el agua estancada de una zanja, derivaron en una infección generalizada. “Empezaron a amputar desde el tobillo y terminaron por encima de la rodilla. Por suerte me quedó parte del fémur, que hoy me sirve de palanca”, explica.

“Fue el trauma más grande de mi vida —asegura Alberto—. Me levanté y había una parte de mi cuerpo que ya no estaba. Enseguida me puse a pensar en el laburo, en la familia, en mis amigos, y dije: ‘Bueno, se terminó acá. El juego se terminó acá’”.

La prótesis que recibió meses más tarde fue “básica” y el seguimiento por parte del médico ortopedista, distante. “Me mostró cómo se colocaba el equipamiento y listo. ‘Esto se pone así, meté el muñón acá, tocá este botón y tratá de buscar equilibrio’. ¿Viste los instructivos para armar un mueble? Bueno, así”, cuenta. Como si fuera poco, perdió el juicio contra el automovilista. “No cobré ningún resarcimiento económico, así que me costó muchísimo recomponerme. Tampoco pude hacer rehabilitación. De hecho, no la hice. La empecé en 2022”.

—¿Y mientras tanto?

—Caminaba como podía.

Vivir con dolor

En marzo de 2008, Alberto regresó a su casa en una silla de ruedas. En agosto, le retiraron los tornillos del tutor que le habían colocado en el fémur. Esos cinco meses los pasó encerrado. “Lo único que hacía era comer y dormir. No quería que nadie viniera a verme”, cuenta.

Volvió a trabajar en octubre. No por deseo, sino por necesidad. “La situación económica familiar era crítica y, al no tener sueldo, empecé a ser una carga para mis padres”, explica. Moverse en la calle fue duro. El colectivo que lo llevaba hasta la empresa paraba a tres cuadras de su casa y lo dejaba a cinco del trabajo. “Andaba con muletas porque no sabía caminar con la prótesis: iba como en el aire”, dice.

A pesar del esfuerzo diario, seguía sin las herramientas básicas para adaptarse a su nueva condición. La rehabilitación —un proceso fundamental para recuperar la movilidad, la autonomía y la calidad de vida tras una amputación— era una opción lejana. “Tenía que hacerla, pero por una cuestión de tiempo, costos y traslados, no podía. De hecho, antes de reincorporarme, la empresa me hizo un préstamo para que pudiera pagar los viáticos. Estaba en la ruina, desde lo emocional hasta lo económico. Desinformado. Mal asesorado. Entonces dije: ‘Me voy a trabajar así’”, dice.

Lo que siguió fue una tortura silenciosa. “Recordarlo me avergüenza. No entiendo por qué pasó, pero todos los días era lo mismo: la prótesis se me salía y me lastimaba. Y yo volvía, con un sacrificio inmenso, a la ortopedia. Incluso, hubo un momento en que me ataban una soga, como un cinto, para que no se saliera nada. Y cuando empezaba a quedarme grande, rellenaban el interior con una especie de goma”, recuerda. “Otra vez le expliqué que mi pisada era mala porque me había puesto un pie un talle más: yo calzo 40 y era 41. ‘Bueno, comprá una zapatilla más grande’, me contestó”.

Los reclamos eran constantes, pero no servían. “El técnico ortopedista llegó a decirme que el dolor era parte de mi vida y yo me convencí. Creía que estaba bien que me doliera porque él me dijo que era así. Me la pasaba tomando diclofenac. Durante muchos años, mi rutina fue siempre la misma: iba a trabajar, volvía y me quedaba acostado en casa. Era el único momento en que no sentía dolor. Estaba muy deprimido. Subí muchísimo de peso: llegué a pesar 124 kilos”, agrega.

El “clic”

Durante seis años, entre 2008 y 2013, Alberto se sintió limitado y sin ganas de vivir. Caminaba alternando muletas y bastón, y su marcha era inestable y dolorosa. Hasta que un día, en una visita a la ortopedia, algo cambió: “Me crucé con un muchacho, también amputado, que entró transpirado. Nos saludamos y empezamos a conversar. Le pregunté por qué estaba así y me dijo: ‘Vengo de jugar al tenis’. Yo me miré… apenas podía caminar”.

En ese intercambio, el hombre le recomendó que fuera a ver a Damiana Pacho, una fisiatra que lo había ayudado mucho. “Me dio una tarjeta, me puse en contacto y, una semana después, la visité. Ese mismo día me hizo correr. Salí de la consulta llorando porque pensé que nunca más iba a volver a hacer algo así”, dice.

De esa manera, casi fortuita, comenzó su rehabilitación. No era formal ni cubierta por la obra social: se trataba de un taller gratuito para personas amputadas que querían volver a correr. Estar en contacto con otros que estaban en su misma situación le abrió los ojos. “Un día, en una juntada, les mostré mi prótesis. Nadie podía creer cómo la usaba. ‘Alberto, vos tenés un equipamiento muy precario. Tenés que cambiarlo: no te tiene que doler’, me dijeron”.

Envalentonado, en 2014 pidió hablar con el secretario general del Sindicato Camioneros, Hugo Moyano, gremio al que pertenece la empresa donde trabaja. “Le conté lo que estaba atravesando y, automáticamente, me cambió de ortopedia y de equipamiento. Ahí me dieron una prótesis de primer nivel y fue un renacer. No te puedo explicar la alegría que experimenté cuando me paré y no me dolía nada. Yo estaba acostumbrado a caminar agarrado de las paredes”, dice.

La rehabilitación formal llegó en 2020, pero debió interrumpirla por la pandemia. La retomó en 2022. Recién entonces aprendió lo que debería haber aprendido en 2008: “A mantener el equilibrio, a fortalecer el muñón, a hacer ejercicio, a tener estabilidad, a cambiar la velocidad, a subir escaleras, a bajarlas. Antes lo hacía como podía. Hoy puedo hacerlo de una manera convencional. Sin temores. Levantando la cabeza”, asegura.

El cambio no fue solo físico: “En 2015 volví a usar bermudas. Antes no me animaba. Andaba todo tapado, con jeans o joggings, para que nadie viera lo que tenía”, cuenta. “Empecé a sentirme libre nuevamente y eso se trasladó a mi familia. Celebramos cada paso: desde que solté el bastón, hasta que bajé de peso. Ahora estoy en 90 kilos”, agrega. Además, arrancó terapia. “Ahí tomé conciencia de que tenía que aceptarme a mí mismo y que el otro también me tenía que aceptar. Hasta ese momento me sentía en inferioridad de condiciones ante la sociedad. Hoy, en cambio, me siento orgullo de mí”, agrega.

Re-nacer

Alberto dice que su vida cambió gracias al apoyo que recibió del Sindicato de Camioneros y la prótesis que le consigueron. Tras años de sedentarismo y dolor, hoy siente que recuperó parte de esa libertad que tenía a los 24 años. “Salvo el fútbol, pude volver a jugar al pádel y al golf”, cuenta.

También dejó de fumar y redescubrió sus intereses. “Arranqué a participar del programa de radio Infocamioneros. Hacemos un resumen semanal, los miércoles a las 15, con las principales noticias del gremio. Además, cubro el plano deportivo del Club de Camioneros y, si el equipo juega en otro lugar, viajo para hacer notas o transmisiones. Todo eso me inyectó vida”, asegura.

Sigue con la rehabilitación, aunque ya no sea imprescindible. “Tal vez no la necesite tanto, pero la hago para perfeccionarme. Gracias a eso pude hacer cosas como tirarme en paracaídas”, cuenta, mientras saca el celular y muestra el video del salto. “Fue una propuesta de mi ortopedista, Javier Bernat. ‘¿Qué tenés ganas de hacer?’, me preguntó. Tenía que ser algo que me costara, porque si no, no tenía sentido. Lo hice y lo volvería a hacer”, dice.

En ese camino de reconstrucción, Alberto aprendió a mirar hacia atrás sin idealizar su discapacidad: “A veces se habla de superación como si fuera algo mágico o heroico. Aunque hoy me sienta feliz, no fue un camino fácil ni rápido. No es el mensaje que quiero dejar. En mi caso, entendí que lo malo no dura para siempre. No somos lo que perdimos. Somos lo que hacemos con lo que nos pasó. Lo que logramos a partir de decidir mejorar”.

Fuente: Infobae

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Para la mayoría de los argentinos, el equilibrio entre trabajo y vida personal es clave en las decisiones de movilidad laboral

Así lo destaca un informe privado, en el que también se señala que, a nivel regional, predominan las mismas cifras.

El 80% de los argentinos, al igual que en los países de la región, afirma que el equilibrio entre trabajo y vida personal es un factor clave en las decisiones de movilidad laboral.Si bien el salario sigue siendo el principal factor de atracción a la hora de considerar una oferta laboral o un cambio de trabajo, los drivers que componen el salario emocional cada vez tienen mayor peso en las decisiones de carrera del talento.De acuerdo con el último informe de Randstad, al que tuvo acceso la Agencia Noticias Argentinas, para el 80% de los trabajadores argentinos el equilibrio entre vida personal y laboral se posiciona en segundo lugar como atributo para elegir un empleador. Los datos surgen del estudio que releva las expectativas, estados de ánimo y comportamiento de los trabajadores en 35 países, incluida la Argentina.

Entre los países de la región, el equilibrio entre trabajo y vida personal es un factor clave en las decisiones de movilidad laboral.Foto: Agencia NA (Randstad)En los países de la región se registra el mismo apunte: los trabajadores chilenos son los que más valoran el equilibrio trabajo-vida (83%), seguidos por los trabajadores argentinos y mexicanos (80%) y, en último lugar, los trabajadores uruguayos (78%).Otro dato interesante que surge del documento es que casi un tercio de los encuestados (31%) aseguró haber renunciado a un empleo por falta de flexibilidad. También lo hicieron el 33% de los uruguayos, el 35% de los chilenos y el 41% de los trabajadores mexicanos.A su vez, 2 de cada 10 argentinos aseguraron haber dejado un empleo por falta de autonomía en sus tareas: de igual manera, también aseguran haber renunciado a algún empleo por falta de independencia el 21% de los trabajadores uruguayos, el 24% de los trabajadores mexicanos y el 25% de los trabajadores chilenos.Tipos de flexibilidad

En el total de los encuestados locales, el 40% de los trabajadores aseguró que no aceptaría un trabajo que no le brindara flexibilidad respecto a sus horarios laborales y la posibilidad de controlar su propia agenda.el 40% de los trabajadores argentinos no aceptaría un trabajo que no le brindara flexibilidad respecto a sus horarios laborales y la posibilidad de controlar su propia agenda.Foto: Agencia NA (Randstad)Asimismo, el 43% de los trabajadores mexicanos, el 41% de los trabajadores chilenos y el 36% de los trabajadores uruguayos también rechazarían un empleo que limitara su flexibilidad en materia de horarios de trabajo.Por su parte, respecto al lugar desde donde trabajar, si pudieran optar sin condicionamientos, el 36% de los trabajadores argentinos rechazaría un empleo que no le permitiera flexibilidad en relación con el lugar desde donde trabajar. Coinciden con esta posición el 30% de los uruguayos, el 39% de los chilenos y el 41% de los trabajadores mexicanos, que no aceptarían una propuesta laboral que no les diera flexibilidad respecto del lugar desde donde trabajar.»Más allá de la coyuntura que está atravesando el mercado laboral, las expectativas del talento en materia de flexibilidad y conciliación entre trabajo y vida personal se mantienen firmes, especialmente en el segmento profesional de los grandes centros urbanos, donde el peso del traslado al trabajo suele ser mayor. Hoy los trabajadores tienen mayor claridad sobre lo que esperan de sus trabajos y sus vidas, tienen más claras sus prioridades y no están dispuestos a resignarlas», comentaron desde
Randstad.

Agencia NA

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Argentina se consolida como el cuarto mercado aéreo más grande de Latinoamérica

Argentina cerró 2025 con una cifra récord para su mercado aerocomercial: 50,6 millones de pasajeros pasaron por los aeropuertos del país durante el año, un 12% más que en 2024.

Con este resultado, la Argentina se posicionó como el cuarto mercado aéreo más grande de Latinoamérica y el Caribe, detrás de Brasil, México y Colombia, de acuerdo con los datos presentados durante la asamblea anual de Airports Council International (ACI), realizada en Lima, Perú.

El registro informado por la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) representa el mayor volumen anual de pasajeros de la serie histórica y refleja el crecimiento sostenido de la actividad aérea en el país.

Más vuelos internacionales y mayor movimiento dentro del país

El crecimiento se produjo tanto en el tráfico interno como en el internacional.

Durante 2025, 34,7 millones de pasajeros realizaron vuelos dentro del país, mientras que el segmento internacional alcanzó cerca de 16 millones de viajeros.

Uno de los datos destacados fue, además, el avance de las conexiones internacionales desde ciudades del interior. Más de 2,1 millones de pasajeros viajaron al exterior directamente desde aeropuertos ubicados fuera de Buenos Aires, un 38% más que durante 2024.

El dato muestra una tendencia hacia una mayor descentralización de la conectividad aérea, con más opciones para que los pasajeros del interior puedan realizar viajes internacionales sin necesidad de pasar previamente por Buenos Aires.

Un mercado regional que proyecta más crecimiento

Las perspectivas para el transporte aéreo en Latinoamérica y el Caribe también son positivas.

Durante la reunión de ACI, su director general para Latinoamérica y el Caribe, Rafael Echevarne, estimó que la región podría alcanzar 1.500 millones de pasajeros en 2045, prácticamente el doble de los 809 millones proyectados para 2026.

Este crecimiento requerirá importantes inversiones en infraestructura. Según las estimaciones de ACI, los aeropuertos de Latinoamérica y el Caribe necesitarán alrededor de US$ 178.000 millones hasta 2055 para ampliar y modernizar sus instalaciones.

El desafío no será solamente atender a una mayor cantidad de viajeros. También será necesario recuperar parte de las conexiones que se perdieron durante la pandemia. Según Echevarne, todavía resta restablecer cerca del 20% de las conexiones entre ciudades que existían antes de 2020, especialmente en aeropuertos regionales.

Argentina todavía tiene espacio para seguir creciendo

A pesar de ocupar un lugar destacado por cantidad total de pasajeros, Argentina todavía presenta margen para ampliar el uso del transporte aéreo.

La cantidad de viajes por habitante se encuentra por debajo de la registrada en otros países de la región, lo que abre oportunidades para continuar desarrollando la conectividad, especialmente desde las ciudades del interior y mediante nuevas rutas internacionales.

El crecimiento de los vuelos internacionales sin pasar por Buenos Aires durante 2025 es una muestra de ese potencial.

El desafío de acompañar el crecimiento con infraestructura

El récord de pasajeros también plantea nuevas necesidades para el sistema aeroportuario argentino.

El aumento de la demanda vuelve clave la ampliación y modernización de las principales terminales del país, entre ellas Ezeiza, Aeroparque, Córdoba y Mendoza, que podrían enfrentar mayores niveles de utilización a medida que continúe creciendo el tráfico.

En este contexto, el Gobierno nacional acordó recientemente extender hasta 2049 la concesión de Aeropuertos Argentina, con un esquema que contempla US$ 600 millones adicionales en inversiones y la posibilidad de prolongar el contrato hasta 2056 si se cumplen determinadas condiciones.

El nuevo escenario combina así dos datos relevantes: Argentina alcanzó su mayor volumen histórico de pasajeros y todavía cuenta con margen para ampliar su conectividad aérea.

Con más viajeros, nuevas conexiones desde el interior y perspectivas de crecimiento para los próximos años, el desafío será acompañar esa demanda con infraestructura y rutas que permitan que cada vez más argentinos puedan acceder al transporte aéreo desde distintas regiones del país.

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Día Nacional de la Biblia: una fecha para reencontrarse con la Palabra de Dios

Cada cuarto domingo de septiembre se celebra el Día Nacional de la Biblia, una jornada que invita a leer, compartir y poner en práctica el mensaje de las Escrituras.

La fecha fue establecida en 2004 mediante un acuerdo entre la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa y las Iglesias Evangélicas presentes en Argentina.

Durante septiembre, conocido también como el Mes de la Biblia, iglesias, familias y comunidades encuentran una oportunidad para acercarse de manera especial a la Palabra de Dios.

La celebración no se limita a leer un texto. Para los cristianos, la Biblia es una guía para la vida, una fuente de esperanza y un camino para conocer a Dios y a Jesucristo.

Su mensaje también invita a mirar al otro, acompañar, servir y compartir una palabra de aliento con quienes más lo necesitan.

El Día Nacional de la Biblia puede ser una buena oportunidad para volver a abrir las Escrituras, ya sea en casa, en comunidad o de manera personal.

Leer la Biblia, reflexionar sobre su mensaje y llevarlo a la vida cotidiana son algunas de las formas de celebrar esta fecha.

Para la fe cristiana, las Escrituras hablan de Cristo y contienen el mensaje de salvación. Por eso, más que una celebración de un día, el Mes de la Biblia propone recuperar el valor de una Palabra que busca iluminar, transformar y dar esperanza.

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