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Su vocación siempre fue la danza, tuvo que postergarla pero hoy es profesora y fundó su academia

Andrea Martínez (35) nunca tuvo dudas de lo que quería hacer al terminar la secundaria, pero tuvo que seguir el camino convencional: tener un trabajo estable y seguridad económica. Así, pasó cuatro años en una oficina, en puestos de recepcionista y secretaria, cuando ella solo quería bailar en un escenario y dar clases.

No se atrevía a renunciar, pero su vida cambió cuando la despidieron: decidió inscribirse en un profesorado de danza y fundó su academia, “LiberArte”, donde actualmente asisten casi 100 alumnos.

Derribar la pared

“Nací con este amor por la danza y nunca se me fueron las ganas de bailar”, remarcó Andrea en la conversación con TN. Aunque su carrera artística comenzó a los 16 años, cuando empezó a tomar clases de Axé, un estilo de danza brasileño, todo su mundo siempre estuvo lleno de música y arte. “Tengo recuerdos de que me ponía pelucas, agarraba micrófonos, armaba espectáculos en los cumpleaños. De más grande, ya lo tenía fijo: quería ser bailarina”, relató.

Aunque no quería dedicarse a otra cosa que no fuese la danza, se vio obligada a pausar esta meta. “Venía de la familia en la que hay que estudiar y tener un trabajo, porque esto no era un trabajo. En esos cuatro años, era la mentalidad que me inculcaba parte de la familia, no dejar el trabajo de la oficina. Yo decía, ‘no sé si me va a ir bien, no quería dejar el sueldo seguro”, confesó. Además, cuando su madre falleció, Andrea se hizo cargo “de toda la casa”.

Al tener una responsabilidad ineludible, aceptó, en cierto modo, su destino, pero su realidad cambió para bien. La habían echado y ella lo interpretó como una nueva oportunidad: esta vez no iba a dejarla pasar. Con la esperanza renovada, usó el dinero de la liquidación para inscribirse en el Instituto Reina Reech para estudiar profesorado de danza y aprender otros estilos.

Cuando se recibió en 2018, creó la academia “LiberArte” en su casa. “Me dije, ‘vamos a probar’, y así empecé, en una habitación 4x4, muy chica. Arranqué con una alumna y, en la siguiente clase, no vino nadie. La remé bastante para conseguir alumnos, que la gente me conociera”, contó. Era una época en la que las redes sociales aún no funcionaban como espacios publicitarios, así que comenzó a volantear, anunciar sus clases en la comunidad, y el boca a boca la ayudó a crecer.

A pesar de haber tenido un comienzo difícil y de liderar ella sola “LiberArte”, siguió con su misión, ayudar a las personas a liberarse con el baile, una sensación que Andrea siempre experimenta cuando danza. El alumno que viene, cuando baila, se olvida de los problemas por una hora y media”, aseguró.

Durante los primeros cuatro años con la academia, consiguió algunas presentaciones en teatros chicos. El primer período de prueba ya había sido superado, así que terminó de consolidar su profesión con un nuevo proyecto: agrandar la habitación. “Sentí la firmeza cuando tiré la pared. Dije, ‘esto va a ir adelante’. Al derrumbar la pared, metafóricamente, tiré abajo todas las trabas mentales, ahí fue el click”, remarcó.

Siempre tuvo el apoyo de su padre, pero ahora tenía el reconocimiento del resto de la familia, quienes la ayudaron a construir el espacio. Incluso, sus alumnos recaudaron fondos y la sorprendieron con pintura y otros elementos para acondicionar el salón.

La inauguración de la nueva habitación se celebró en enero de 2020, pero Andrea no imaginaba que le esperaba un nuevo desafío solo dos meses después. Durante el aislamiento, bajó la lista de alumnos, pero LiberArte logró sobrevivir con las clases virtuales.

Además, alcanzó el nuevo objetivo de sumar a cuatro profesores en diferentes disciplinas en 2023. “Siempre soñé con dar trabajo, para mí es algo hermoso. No es fácil, porque no se te abren tantas puertas si no sos conocido”.

Con el tiempo, su academia se hizo reconocida en el ámbito artístico, y recibió a profesores invitados como Lolo Rossi, la jefa de los coaches del Bailando, o la bailarina y coreógrafa Flor Díaz, con la meta de inspirar a sus estudiantes a tomar la danza como carrera si así lo desean. “Tratamos de traer profes invitados para que los alumnos puedan conocer estilos y profes diferentes para que vean que hay un montón de gente trabajando”, subrayó.

Hoy, después de nueve años, la academia tiene casi 100 alumnos de todas las edades, con los que ha ganado varias medallas en primero y segundo lugar por distintas competencias. Además, el año pasado, Andrea consiguió “uno de los mayores logros”, hacer una muestra en el Teatro La Plaza, en la calle Corrientes.

Para el futuro, solo queda seguir ampliando el espacio de “LiberArte” y su dueña ya está buscando un lugar cerca de su barrio, en Piñeyro, Avellaneda. También tiene el deseo de demostrarles a las nuevas generaciones “que sí se puede, porque si lo anhelás tanto, podés crecer y dedicarte a eso”. Andrea siempre lo supo y, aunque hubo pausas en el camino, pudo bailar y enseñar a bailar a otros. “Estoy segura de que es el propósito de mi vida”, dijo.

Fuente: TN

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Cómo funciona la modalidad que permite ganar hasta US$ 400 por traer productos del exterior

¿Te fijás si allá está más barato?”, “Acá no se consigue, fijate adónde viajás si lo encontrás” o “Después te paso la plata” son algunas de las frases que más resuenan cuando alguien viaja. De hecho, los mensajes llegan antes de armar la valija. Familia, amigos o conocidos que aprovechan el viaje ajeno para pedir algo puntual: tecnología, cosmética, ropa. Y lo que empieza como un favor, muchas veces termina ocupando más lugar del previsto.

Con el tiempo, ese intercambio informal empezó a tomar otra forma. Ya no se trata solo de hacerle un favor a alguien cercano, sino de reconocer que ese espacio tiene un valor. Por eso muchos viajeros empiezan a organizar esos pedidos, a elegir qué aceptar y a calcular cuánto pueden ganar. Así, lo que antes pasaba casi sin pensarlo empieza a convertirse en una práctica cada vez más planificada.

Además, en un contexto donde viajar al exterior implica cada vez más costo, esa práctica empieza a leerse también como una forma de compensar gastos. Lo que surgía de manera espontánea se convierte, para algunos, en una decisión más consciente: aprovechar el espacio disponible no solo para traer cosas, sino para hacer que el viaje rinda.

A partir de ahí, la dinámica se organiza. Viajeros que ya tienen un destino previsto trasladan productos comprados en el exterior para otras personas a cambio de una comisión. Detrás de este esquema aparecen plataformas digitales que facilitan el proceso, conectando a quienes quieren comprar con quienes pueden traer esos artículos, ordenando pagos y estableciendo ciertas reglas de intercambio.

De la oportunidad al hábito

El crecimiento de esta modalidad no es casual. Responde a una combinación de factores económicos y de consumo que, en los últimos años, se profundizaron.

“Lo electrónico, los cosméticos o la indumentaria pueden costar entre un 30% y un 60% más en países como Argentina por aranceles y disponibilidad limitada”, explica Alex Stepanov, Product Marketing Manager de Grabr. A eso se suma la recuperación de los viajes internacionales y, en el caso argentino, el atractivo de poder generar ingresos en dólares.

En ese escenario, lo que empezó como una práctica ocasional empieza a formar parte de la planificación. Entonces, ya no se trata solo de qué llevar en la valija, sino también de qué traer. “Muchos viajeros revisan los pedidos disponibles antes de armar el equipaje y consideran ese espacio como un recurso a optimizar”, señala. Es un cambio de comportamiento donde la capacidad no utilizada del equipaje se convierte en una fuente de valor.

Así, el fenómeno está impulsado por la demanda. De hecho, en el último año, la plataforma Garb registró más de 250.000 pedidos, con productos electrónicos, cosméticos y zapatillas entre los más solicitados. Y el patrón se repite constantemente: artículos difíciles de conseguir localmente o con diferencias de precio significativas.

Cuánto se puede ganar y de qué depende

Aunque suele mencionarse un ingreso promedio cercano a los 250 dólares por viaje, ese número no es fijo ni automático. Depende, sobre todo, de la cantidad de entregas y del tipo de productos transportados.

“El pago promedio por entrega ronda los US$ 77, por lo que alcanzar ese monto implica combinar tres o cuatro pedidos en un mismo viaje”, explica Stepanov al respecto. A su vez, los productos más grandes o pesados, las rutas con menor oferta de viajeros o los pedidos urgentes suelen tener mejores recompensas.

En la práctica, esto implica una planificación cada vez más afinada. Elegir qué pedidos aceptar, cómo distribuir el espacio en la valija y qué tipo de productos priorizar puede marcar la diferencia entre un ingreso marginal y uno más significativo.

Para la mayoría, sin embargo, sigue siendo un complemento. “Un viajero frecuente puede generar entre US$200 y 400 por viaje, pero en general no es un ingreso principal sino una forma de cubrir gastos”, aclara.

Entre la oportunidad y los límites

Si bien el crecimiento de esta práctica es indiscutible, también abre interrogantes, especialmente en relación con las normativas y los controles. A medida que más viajeros incorporan esta dinámica como parte de sus recorridos, la línea entre un uso personal del equipaje y una actividad con fines económicos empieza a volverse menos clara. Lo que para algunos es una forma práctica de optimizar recursos, para otros puede rozar zonas grises en términos regulatorios, sobre todo cuando la frecuencia de los viajes o la cantidad de productos transportados empieza a aumentar.

No obstante, cada país establece sus propias reglas respecto al ingreso de productos, y la diferencia entre uso personal y actividad comercial puede ser difusa. “Transportar varias unidades idénticas puede generar controles”, advierte el vocero. Por eso, las plataformas suelen limitar los pedidos a cantidades compatibles con uso personal y ofrecen guías según cada destino.

Además de las regulaciones, hay otra variable que aparece con fuerza: la confianza. Porque, en definitiva, se trata de personas que aceptan transportar productos de otros y de compradores que pagan por adelantado. Para sostener esa dinámica, las plataformas incorporan verificaciones de identidad, pagos que se liberan recién con la entrega y sistemas de reputación que ordenan quién es quién dentro del circuito.

Con el crecimiento, también cambia la forma en que se usa. Lo que antes era más improvisado empieza a organizarse: hay viajeros que miran pedidos antes de armar la valija, rutas donde la demanda es más alta y herramientas que permiten elegir mejor qué conviene traer.

En paralelo, aparecen nuevas capas, sobre todo en lo financiero. La posibilidad de cobrar en dólares o manejar pagos de forma más directa suma un incentivo extra, especialmente en contextos inestables. Todo eso empuja a que la práctica se ordene, sin perder del todo su lógica original: personas que se conectan para resolver algo concreto. Entonces, viajar ya no es solo moverse de un lugar a otro o descansar unos días. Para algunos, empieza a ser una forma de generar ingresos. “El viaje empieza a autofinanciarse parcialmente”, resume Stepanov.

Fuente: TN

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Es capitana de la Selección argentina de rugby, fue mamá y a los pocos días se subió a un avión para competir

Paula Pedrozo es una referente del rugby femenino en la Argentina. Como capitana, lidera a las Yaguaretés, el seleccionado nacional de seven, en el circuito mundial. Tras años de sacrificios y de empuje para crecer dentro del deporte que la apasiona, dio un paso trascendental en su vida personal que hoy la obliga a balancear sus múltiples actividades. Hace menos de tres meses, fue mamá de Vito junto a su pareja, Sofía. La llegada del bebé no detuvo su intensa agenda: a los pocos días del nacimiento, se fue a disputar un importante torneo en el exterior.

“Soy consciente del rol que ocupo en el equipo, no solo por ser la capitana sino también por ser una de las jugadoras más experimentadas, y por suerte cuadró todo: el bebé nació súpersaludable y Sofi pudo recuperarse bien de la cesárea así que pude subirme al avión. Disfruté del nacimiento y también del torneo”, le contó la jugadora a TN, días antes de encarar un nuevo desafío con el conjunto nacional en el certamen de Valladolid, España.

Los comienzos de su carrera y la llegada a la Selección

Pula, como la apodan en el mundo del rugby, empezó a jugar a los 15 años en Concordia, Entre Ríos, alentada por sus padres, ambos profesores de educación física. Pronto se sumó a la modalidad seven, con plena consciencia de que se trataba de una disciplina que era incipiente entre las mujeres y que muchos consideraban exclusivamente masculina.

Aunque iba en gran ascenso, su carrera tuvo una pausa obligada: cuando terminó el secundario y se fue a estudiar a Corrientes, no tenía un club en el cual jugar. Tras un año de parate pudo sumarse al Capri de Posadas en Misiones y sus desafíos deportivos empezaron a ser cada vez más grandes. “Cuando un deportista es del interior del país, ve el sueño mucho más lejano. Yo no pensaba que me iba a llegar la oportunidad”, admite.

Miguel Seró era el entrenador de Las Pumas por aquellos años. Fue quien vio a Paula y la invitó a formar parte de su primera concentración nacional cuando cumplió los 18 años en el marco de un proceso de renovación del plantel. Su primer torneo oficial fue en Hong Kong en 2015 y luego formó parte del equipo que disputó el repechaje olímpico en Irlanda en 2016. Desde ese momento no paró de crecer dentro del equipo, al punto de convertirse en figura y capitana hasta la actualidad.

Una decisión personal que se mezcla con las aspiraciones deportivas

A la par de su crecimiento deportivo, Pedrozo llevaba tres años intentando agradar la familia con Sofía, su pareja desde hace siete años, que también es jugadora de rugby. Fue un camino con altos y bajos, que culminó el 16 de marzo con la ansiada llegada de Vito. Hoy, la capitana de Las Yaguaretés se anima a contar el proceso para inspirar a otras personas a perseguir sus sueños.

Para lograr el embarazo, la pareja eligió un procedimiento convencional de inseminación artificial. Sofía fue quien aportó los óvulos y quien gestó. “Tardamos porque la inseminación tiene un porcentaje de efectividad bajo: la muestra de semen que se aporta, si bien tiene muchos espermatozoides, es pequeña y el proceso se hace en el día más fértil de la mujer, según la consideración de los médicos. Después, se esperan 14 días para saber si el test da positivo o negativo”, explicó Pedrozo.

Y detalló: “En cada proceso, Sofi tenía que interrumpir su actividad deportiva y en el camino nos encontramos con algunos inconvenientes como el hipotiroidismo o los pólipos en el útero que le detectaron y que no sabían si eso iba a influir en su fertilidad. También hubo que regularle la prolactina. Todo eso alargó bastante el procedimiento: al principio es todo ilusión, todo nuevo y hay ansiedad de que el test sea positivo, pero con el tiempo hay desilusiones y diferentes reacciones”.

La deportista cuenta que, al comienzo, grababan videos de sus reacciones al hacer cada test de embarazo para documentar el proceso, pero luego dejaron de hacerlo. ”Fue un vaivén de emociones, pero la espera valió la pena”, sostuvo.

Vito finalmente nació el 16 de marzo por cesárea. En los días previos, había dudas de que Paula pudiera sumarse al viaje a Montevideo con Las Yaguaretés ya que podía coincidir con la fecha del parto.

“Yo creo que todo se da por algo y finalmente me fui sumamente concentrada al torneo: teníamos un desafío muy grande y quería disfrutar esa experiencia. Creo igual que cada vez me va a costar más irme: cuando Vito empiece a decir sus primeras palabras o cuando se dé cuenta de que yo falto en la casa”, señaló la jugadora que en esa gira hizo un try, algo que no suele suceder con frecuencia, y obviamente el festejo fue con dedicatoria para su bebé recién nacido.

Después de aquel viaje a Uruguay, vinieron los torneos en San Pablo, Hong Kong y Valladolid. En todos la capitana dijo presente: “Me cuesta más viajar ahora porque Vito está en un período de crecimiento. Una como madre no quiere perderse nada: las primeras reacciones, los primeros llantos o las primeras risas. Trato de estar más pendiente al celular, algo que antes no hacía para estar más concentrada”.

“Todo esto también me cambió como persona y ahora realmente voy a los viajes y disfruto desde lo más pequeño y cotidiano hasta lo más extraordinario y grande. Me cuesta más irme, pero siempre cuento con gracia que ahora aprovechó las concentraciones para dormir. Por suerte mi pareja me acompaña, entiende lo que vivo y se alegra por mi conquistas personales y las del equipo”, subrayó.

La actualidad del rugby femnino y el impacto del deporte en su desarrollo personal

Aunque considera que el rugby femenino se encuentra en un momento de “meseta”, Paula confía en que la actualidad de Las Yaguaretés pueda significar un impulso para volver al camino de ascenso: “Que el equipo haya llegado al circuito mundial hace que la disciplina tenga mayor visibilidad y que los objetivos que se pongan las jugadoras sean más estrictos, que realmente vean que se puede lograr y que vale la pena el sacrificio. Hay un crecimiento de juveniles que es muy importante porque son el semillero y el futuro”.

“El objetivo hoy es llevarnos los partidos que jugamos contra rivales que están a nuestro nivel. En esta primera etapa quedamos número 11 en el ranking y queremos llegar al puesto 8 o 9, pensamos que es factible”, sostuvo, confiada.

Para la capitana del seleccionado nacional, el rugby femenino creció a nivel físico y se disminuyó la tasa de lesiones. Además, hizo hincapié en los valores que se adquieren en la práctica del deporte: “Se promueven valores muy enriquecedores para la vida diaria y yo tuve un cambio grande: me consideraba una persona bastante introvertida y con el rugby me animé a tener mayor exposición en los medios y a tener las palabras justas para inspirar a otras jugadoras”.

“Tomo esta carrera como un desafío. Soy muy competitiva y autoexigente: eso me ayudó a ser la capitana de la Selección argentina y trabajo para mantenernos en el circuito mundial, que es el mejor nivel que podemos tener en la actualidad. Ha sido un sacrificio enorme porque llevé la carrera a la par con la facultad, algo que genera inconvenientes en la parte social porque te perdés muchos eventos y te alejas de gente que quizás no tiene la misma visión”, reconoció.

Paula contó que en la actualidad no vive del deporte, aunque la Unión Argentina de Rugby da becas a sus jugadoras por estar en el circuito mundial. Las jugadoras del equipo estudian y trabajan en paralelo. La capitana, puntualmente, tiene su propio centro de kinesiología.

“Trato de llevar las dos cosas a la par. A mí el deporte me ayudó a tener mucha conducta, entonces nunca lo padecí. No fue fácil el camino, pero no fue imposible realizarme y los resultados están a la vista”, subrayó.

Paula Pedrozo: de la nueva etapa en su vida a la idea del retiro

La maternidad hizo que Paula tuviera menos tiempo de descanso. Al mismo tiempo,a los 30 años, se siente feliz con este paso tan grande que dio en su vida privada: “Tengo objetivos deportivos y otros personales, relacionados a lo laboral y a lo familiar. Hoy me siento muy estabilizada anímicamente, estoy bien y motivada. Antes buscaba una fecha para retirarme, pero hoy estoy más madura y tranquila con eso: cuando llegue, llegará. Mientras tanto, estoy disfrutando todo lo que me toca vivir”.

“No hay una edad que indique que ya es tiempo de colgar los botines, pero para la mujer es un poco más sacrificado porque se sabe que si una tiene el sueño o el proyecto de tener una familia, sí o sí tenés que interrumpir tu carrera deportiva. En mi caso fue distinto porque estoy en pareja con una mujer y fue ella la que puso el cuerpo, pero va a llegar el momento en el que yo también voy a querer hacerlo y va a ser inevitable dejar de jugar, al menos un tiempo, en la Selección. Tal vez pueda seguir en un club o en un ámbito más amateur, aportaré mi conocimiento desde otro lado”, pronosticó.

Disputar un Juego Olímpico. Ese es el gran sueño que Paula Pedrozo tiene pendiente en su carrera: “Trataré de estar hasta 2028 para lograr ese desafío y creo que después ya no voy a estar activa como deportista de élite”.

Fuente: TN

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Diseñó un ingenioso plan para que sus hijas la ayuden en su casa: “El esfuerzo tiene recompensa”

A los 11 y 12 años, la vida suele medirse en la velocidad con la que se pasa de una pantalla a otra, en el apuro por llegar a la escuela o en las ganas de conseguir las figuritas del próximo Mundial. En la casa de Jes, en San Martín, la rutina tiene todo eso, pero también el pulso de un tablero invisible donde cada acción cuenta. Ella es madre soltera, emprendedora y la mente detrás de un plan casero que empezó para calmar las típicas discusiones de hermanas y terminó convirtiéndose en una rutina familiar.

El problema en casa era el de siempre: la balanza de las tareas del hogar estaba inclinada. Mía, la más chica, ayudaba en todo; Martina, la más grande, miraba para otro lado. “La que hacía más decía: ‘Si después salimos a la plaza, salimos las dos. Si después me llevás a tomar un helado, el helado es para las dos. Y yo estoy haciendo cosas en casa y ella no’”, recordó Jes a TN.

La solución no fue el reto ni la penitencia, sino el ingenio. Buscando algo equitativo que motivara a ambas por igual, diseñó un sistema propio inspirado en la economía de fichas, una dinámica de puntos positivos y negativos que se anotan día a día y se transforman, el fin de semana, en un premio económico. Hoy, el esfuerzo máximo se premia con $15.000 semanales, el escalón medio con $8000 y el piso queda en $5000.

Al principio, confiesa Jes, el living de la casa se pareció bastante a una pista de atletismo. “Arrancaron como competencia, a decir: ‘Ah no, si ella tiene tanto yo voy a tener más’ y empezar a ver qué podía hacer para sumar”. Pero el egoísmo duró poco. Con los días, las dos hermanas descubrieron que la matemática de la convivencia funciona mejor si se comparte. “Con el transcurrir del tiempo se fueron dando cuenta de que si empezaban a trabajar en equipo les servía a las dos. Por ejemplo, una dice: ‘Yo voy a hacer mi cama y después quiero colgar la ropa. ¿Me ayudás a hacer mi cama y después te ayudo a colgar la ropa?’. Era como hacer las cosas entre las dos y después se repartían los puntos. Buscaron la manera de aliarse”, explicó su mamá.

El código de convivencia que Jes armó premia la autonomía. Tender la cama suma dos puntos; colaborar con el almuerzo o lavar los platos, tres o cuatro.

Sin embargo, el verdadero tesoro del tablero está en los hábitos personales y en la iniciativa propia: “Las cosas que tienen más puntos son cuando ellas van a sus actividades y no faltan —la más grande es atleta federada y la menor hace danza y circo—, cuando hacen tareas de la escuela sin que yo se lo recuerde, o cuando comen frutas y verduras. También si por decisión propia dicen ‘ponemos una hoja de cuentas para repasar’ o ‘me voy a leer este cuento’. Mi idea es incentivar lo de ellas”.

Pero el sistema no es un pase libre: contestar mal, faltar el respeto o pelearse entre sí resta puntos de inmediato. Las acciones, les enseñó su mamá, siempre traen consecuencias.

Para Jes, el cambio fue un alivio que se siente en el cuerpo. Su rutina es un laberinto diario: arranca a las seis de la mañana, corre para dejar a las nenas en escuelas distintas, trabaja frente a la computadora, graba videos de humor para sus redes y, por las noches, asiste a una escuela para adultos. “Vuelvo tipo 10 de la noche de estudiar y a veces llego y está la casa ordenada. ‘Mirá, fuimos anotando todas las cosas que estuvimos haciendo’, me dicen. Desde que arrancamos con esto cambió muchísimo nuestra dinámica, es muchísimo más trabajo en equipo y yo puedo estar tranquila de que funcionamos todas por igual”, relató.

La madurez de Martina y Mía también se trasladó al bolsillo. De pedir juguetes o tiempo de pantalla, pasaron a administrar sus propios ingresos semanales, descubriendo de golpe el verdadero peso del dinero. “Al principio dijeron: ‘Wow, tengo plata, la empiezo a gastar’. Pero después se dieron cuenta lo que costaba juntar esa plata. Decían: ‘Si yo estoy toda esta semana haciendo un montón de cosas para juntar esta platita, no me la puedo gastar toda en un día o en dos días que voy a la feria’. Eso ayudó a que vayan administrando”. De hecho, Mía ya decidió que el costoso álbum del mundial se lo va a comprar íntegramente con sus ahorros.

De ese aprendizaje financiero nació una de las escenas que Jes guarda como el mejor de los premios. Ocurrió a la salida de una reunión escolar de la hermana mayor. “Cuando salimos, la más chiquita me dice: ‘Mirá mamá, te invito a tomar un café en el kiosquito de afuera’. Yo le dije que no se gastara su platita en esto y me contestó: ‘No me importa mamá, yo te quiero invitar un café a vos’. Una locura”, contó Jes, emocionada.

Detrás del juego, de las planillas y de los billetes repartidos los sábados, late una lección mucho más profunda, un mensaje que Jes quiere grabar a fuego en el futuro de sus hijas.

“Yo espero que el día de mañana sepan que todo su esfuerzo y todo lo que ellas hacen en la casa también sea reconocido, de alguna manera simbólica, de acompañamiento. Muchas veces el trabajo doméstico, el ser ama de casa, está invisibilizado. Entonces es darle un valor a eso. Es decir: lo que vos estás haciendo cuenta y vale. Y el día de mañana no van a estar, creo yo, con una persona aceptando lo mínimo”, completó.

Fuente: TN

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